

La fórmula que no es receta
«El regreso a la vida no puede venir hablando. Es un acto; para hacerte volver a la vida, debo dar un ejemplo para tu imitación, te debo ensordecer al habla, o a la importancia de hablar, mostrándote, como lo hace Bergson que los conceptos con los que hablamos están hechos con fines de práctica y no con fines de revelación. O debo señalar, señalar al simple «que» de la vida, y ustedes por simpatía interior, deben completar el «que» para ustedes mismos.»(De «Complete Works of William James.»)
Después de pelearse con Bradley y su racionalismo – principal y curiosamente, contra su conclusión de un todo como única salida a partes aisladas e inconexas -, intentando luchar en el único terreno en el que la batalla está planteada, el de las palabras, James parece sucumbir a la maldición del otro cuando devuelve el propio mensaje invertido, porque se rinde a una totalidad bastante cercana a Wittgenstein (quizás la diferencia siempre estribe solamente en el caracter de la promesa – y aunque Wittgenstein nos desaliente de una manera brutal, es de hacer notar que lo hace ya al final de su libro, como si se asegurara que lo hemos leído todo antes del imprescindible desánimo), intentando delinear la señal que muestra, como si sus conferencias nos engañaran con sus contenidos (¿será que quizá debemos siempre y sin excepción deshacernos completamente de lo que hemos leído, como sacándonos las gotas después del baño?¿pero como asociaríamos, coño podríamos producir analogías, en definitiva, cómo podríamos siquiera hablar sin memoria? – ¿ o quizá la memoria a conservar se aparte esencialmente de la claridad que le es habitualmente exigida para convertirse en una materia elástica, confusa y deforme?), con el objetivo de distraernos sin intencionalidad (no hay nadie que haya diseñado la apariencia cuyo principal embuste consiste en hacer creer que hay algo detrás de ella) pero caemos en la cuenta – como ya lo hicieron Sócrates y los escépticos – que la abolición de las recetas (para mostrar parecen no hacer falta), por un giro que no por haber demostrado su posibilidad, deja de ser inesperado, termina en fórmula pero esta vez, a la manera del Quijote escrito por Pierre Menard, ya no es lo que era, convirtiéndose en un señalamiento que la implosiona a la vez que nos comparte un escenario maravilloso.