

La fortaleza de los argumentos
«Sin embargo, una vez que hayas dividido la mano en sus partes, ¿donde está la mano? Uno no encuentra una mano como tal, por lo que la mano no puede existir, no es ni simple ni múltiple. La «mano» no es nada en sí mismo. No tiene naturaleza propia. Es simplemente un concepto.»…»Tal vez encontremos la evidencia experimental más convincente que el razonamiento de Nagarjuna. Realmente no importa qué método se use si la conclusión es la misma.» ( De «Progressive Stages of Meditation on Emptiness», de Khenpo Gyatso Rinpoche)
Las recetas para la meditación que promete la iluminación definitiva abundan, aunque presentan inevitablemente contradicciones evidentes (quizás los que las leen no están interesados en hacer sentido de las propuestas), como por ejemplo adjudicar ilusión a los conceptos a los que sin embargo acude para recorrer sus estadios, apelando incluso, en una modernización que tiene por objeto multiplicar seguidores, a la física cuántica, competidor de Nagarjuna en la inexistencia de la materia (las partículas elementales no parecen ser otra cosa que funciones de onda que indican probabilidades), de la que debemos convencernos como primer escalón – nuestra vida cotidiana, precisa de la certeza de lo sólido -, aunque el hecho mismo de recurrir a la ciencia nos sobresalta con la sensación de reemplazo de equivalencias, contrapuesto a la diferencia esencial de abordaje – nos viene a la mente Rupert Sheldrake, biólogo volcado a la parapsicología pero con la clara pretensión de hacer (por ejemplo) de la telepatía el nuevo paradigma científico que podría ganar espacio en las universidades con solo demostrar poderes de predicción monetizables -, aboliendo la posibilidad de un despegue absoluto entre dos ámbitos – el de la ilusión y el de la verdad última – que se postulan como provenientes de esa unidad a la que se anhela regresar, manteniendo el foco en el mismo terreno en el que la causalidad, el tiempo y el espacio reinan, desoyendo la voz socrática que, intuimos, demuestra una vez más su imposibilidad al momento en que creemos que nuestros argumentos se tornan, por el imperio de lo que en el fondo detestamos, cada vez más fuertes.