La foto y el negativo

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La foto y el negativo

​»Como el hombre es a la vez un esfuerzo impetuoso y ciego de voluntad (cuyo polo o foco se encuentra en los órganos genitales), y sujeto eterno, libre y sereno del conocimiento (cuyo polo es el cerebro), por lo tanto, correspondiente a esta antítesis, el sol es a la vez la fuente de luz, la condición del tipo de conocimiento más perfecto, y por lo tanto de la más encantadora de las cosas, y la fuente de calor, la primera condición de la vida, es decir, de todos los fenómenos de voluntad en sus grados superiores. Por lo tanto, lo que el calor es para la voluntad, la luz es para el conocimiento.» (De «Works of Arthur Schopenhauer»)

​La ciencia, en el mejor de los casos, ha exiliado a la filosofía a una especie de controlador lógico, a una herramienta entre otras, capaz de señalarnos un error en el razonamiento «serio», aquel que nos destina al progreso y a la acumulación del saber que dispone del claro objetivo de mostrarnos — si no lo ha hecho hasta ahora es solo por una cuestión de tiempo — lo que es; pero debemos reconocer que esta degradación a un papel muy menor, encierra, más allá de su contenido, un atisbo de verdad, porque ¿qué nos ofrece Sócrates sino es la negación de todo sistema, la búsqueda del fallo, del error en la convicción, del desarme que nos tornará débiles, menores, casi silenciosos — aunque Sócrates hablaba mucho para producir ese silencio —, aunque esa destrucción parece enfocada en la soberbia de un despliegue que exige certeza — hablar es sinónimo de estar persuadido de una verdad bien definida — dejando abierta la posibilidad de convertir aquello mismo que nos encadena en la misma llave de una libertad inesperada —aunque cierta astucia nos alerte de los peligros del efecto exactamente opuesto, justamente al momento de creer que la hemos encontrado y estamos habilitados en erigirnos en faro ante los perdidos, entre los que paradójicamente ya nos hemos ubicado — convirtiendo el sol que alimenta la ilusión de nacimientos y muertes, iniciador de esa cadena causal que nos permite extender o contraer la extensión de nuestras vidas, en esa luz literalmente cegadora que nos hará vacilar entre la vida y la muerte, como si en el momento mismo de mirar una foto familiar nos asaltara la imagen siniestra del negativo.