

La frontera del yo
«El yo ocurre en la filosofía a través del hecho de que ‘el mundo es mi mundo’. El yo filosófico no es el hombre, ni el cuerpo humano o el alma humana del que trata la psicología, sino el sujeto metafísico, el límite, no una parte del mundo.»…»Está claro que las leyes de la lógica no pueden ellas mismas obedecer a otras leyes lógicas. No hay, como Russell supone, para cada ‘tipo’ una ley especial de contradicción; sino una es suficiente, dado que no se aplica a sí misma.» (De «Tractatus Logico-Philosophicus», por Ludwig Wittgenstein)
Epiménides siempre regresa — probablemente porque el simple acto que instaló el «Yo miento» nos acompaña a cada instante — con cierta similitud con los koans del zen (¿caen los 23 problemas matemáticos de Hilbert en esa misma categoría? — parecería que sus construcciones se basan en vislumbrar la posible respuesta — de hecho muchos de ellos han sido resueltos — en sentido inverso a los acertijos que hemos comentado — aunque no podríamos asegurar que alguno de ellos no cumpliera el mismo rol), compartiendo lo enigmático de los oráculos (¿no da aquí Edipo testimonio de lo inescapable de las frases oscuras, capaces de perseguirnos por toda nuestra vida?), que instalan, aún a nuestro pesar, obsesiones que se adueñan de nuestras ideas — no deberíamos atrevernos a juzgar beneficios o perjuicios de sus apariciones y probablemente de nuestros sueños (quizás nuestros sueños se generen de esa roca irresoluble), y quizás sea algo tan inofensivo como nuestra paciencia la que pone en juego su efectividad (aunque extrañamente desconocemos su objetivo para pensar en éxitos o fracasos), dependiendo de la velocidad del desenrollamiento, el ritmo de nuestro desasosiego, el que se transformen en reveladoras (Russell, como Wittgenstein nos señala, no pudo soportarlo y, apremiado por su angustia, creyó resolverlo con la teoría de los tipos, que multiplica inútilmente las herramientas de la lógica) y quizás sea ese límite epitomizado en ese yo evanescente que solo se constituye para mostrarnos la frontera que impide la autorreflexión, porque para mirarnos audazmente y constituirnos en fundamento deberíamos previamente haber logrado la perspectiva de un dios ajeno a cualquier especulación filosófica.