La fuga

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La fuga

«Un cambio en cualquier parte considerable de un cuerpo destruye su identidad. Pero es notable que cuando el cambio se produce de manera gradual e insensible, somos menos propensos a atribuirle el mismo efecto. La razón no puede ser otra que la mente, al seguir los cambios sucesivos del cuerpo, siente una transición fácil al observar su condición en un momento y observarla en otro, y en ningún momento particular percibe ninguna interrupción en sus acciones, a partir de las cuales la percepción continua ascribe una existencia e identidad continuada al objeto.» (De “A Treatise of Human Nature”, por D. Hume)

«Comprobamos, en efecto, que en el Yo hay también algo inconsciente, algo que se conduce idénticamente a lo reprimido, o sea exteriorizando intensos efectos sin hacerse consciente por sí mismo. Así habremos pues de sustituir esta antítesis (consciente-inconsciente) por otra, esto es, por la existente entre el Yo coherente y lo reprimido, disociado de él.» (De “El Yo y el Ello”, por S. Freud)

«Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro. No sé cual de los dos escribe esta página.» (De “Borges y yo”, por J.L. Borges)

El vaticinio «un día quizás, el siglo será deleuziano», más allá de su posible verdad, encierra algo más profundo que su mera apuesta, retratando la formación sin agente de paradigmas por donde la vida transcurre, generados por colisiones similares a las que impiden los pronósticos meteorológicos precisos, en un proceso similar al que produce la perla a partir de una impureza completamente ignorante de su destino, y probablemente alguna de esas mesetas haya sido creada con la oposición consciente-inconsciente en su centro (¿será por eso que el debate del “hard problem” de la existencia de la consciencia se ha convertido en interminable, montado como está sobre los cimientos que sostienen la misma conversación — sociales, jurídicos, médicos, etc.?), utilizada indiscriminadamente para evaluación desde la vida cotidiana hasta obras de arte, solidificando un lenguaje que impone ideas y pasiones que retroalimentan su propia justificación (como las tuercas autoajustables que se hacen más firmes en la medida que se intenta aflojarlas — lo que aumenta el misterio del a priori imposible escape), obligando a un esfuerzo sin esperanza de éxito, acompañando a la razón en su búsqueda despiadada de oximorones, que no es otra que la tarea que Hume le ha encontrado y que exige el trazado de un límite en su trabajo en la búsqueda de un irónico escepticismo moderado, que se puede reducir a seguir pensando en el montón de arena de Zenón a pesar del continuo ingreso y egreso de granos, que tiene en el fondo el mismo rol que cualquier otro producto de la imaginación en el amoldaje de lo contado por uno con todo lo demás, como es el caso del Yo construido por una propensión a unir lo que de por sí son solo percepciones dispersas sin sentido, frontera que Freud pretende traspasar a pesar del aviso de las contradicciones que se avecinan (¿el Yo «partido» o cada pequeña percepción escindida y así al infinito, etc.?), impidiendo la maravillosa escena de la superficie sin espesor en donde todo está en fuga y sin dueño.