

La gracia de la traición
«En este sentido se podría decir de la vida, como de la consciencia, que en cada momento esta creando algo.»…»Al igual que el conocimiento ordinario, al tratar con las cosas, la ciencia solo se preocupa por el aspecto de la repetición.»…»Debemos romper con los hábitos científicos que se adaptan a los requisitos fundamentales del pensamiento, debemos hacer violencia a la mente, ir en contra de la inclinación natural del intelecto. Pero esta es justamente la función de la filosofía.»…» Y la demonstración tiene más fuerza cuando se aplica a la evolución de la vida en su conjunto, desde sus orígenes mas humildes hasta sus formas más altas, en la medida en que esta evolución constituye, a través de la unidad y continuidad de la materia animada que la sostiene, una sola historia indivisible.» (De» Henry Bergson Premium Collection»)
Las palabras tienen siempre la rara habilidad de esconder y mostrar al mismo tiempo (será por eso que toda prosa puede ser poética) y en ese movimiento traicionarnos a nosotros mismos (¿no es ese el principio del psicoanálisis y no aplica aquí también el doble significado de traición confundida con la lealtad?) que vemos como somos forzados hacia ideas sospechosas de progreso cuando hablamos de una línea que va desde lo «más humilde hasta sus formas más altas» (en que lugar ponemos a la bacteria, antecedente y sucesor nuestro?), delineando una inconfundible y deseable dirección, pero aquí tambien nos sorprende una nueva traición (parecería que es el engaño el que puede despertarnos del aburrimiento del que Schopenhauer nos hablaba) cuando en un giro inesperado se nos propone ir en contra de esa corriente que se mostraba hace apenas unos instantes como virtuosa y esencial a la vida, porque una vez que, afortunados como somos, hemos llegado al pináculo de lo que la evolución nos tiene reservado (¿pero la flecha no sigue hacia los potenciales – por no decir actuales – cyborgs?¿cómo capturar los infinitos senderos que se bifurcan en el porvenir?), parece que deberíamos ser parte de una revuelta, utilizando lo que esa corriente se ha propuesto como el final (al menos el vigente) de su carrera hacia adelante, para que cumpla exactamente lo opuesto a su misión (con el poder de su discriminación por fuera de la duración hemos llegado a nuestra ciencia), reconociendo gracias a la demora de la denostada filosofía, lo absolutamente nuevo justamente en aquello que se empeña en repetirse.