La gracia del pliegue

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La gracia del pliegue

«Cómo puede él [el matemático] probarme, por ejemplo, que dos líneas rectas no pueden tener un segmento común, o que es imposible trazar más de una línea recta entre dos puntos cualesquiera? Debería decirme que esas opiniones son obviamente absurdas y repugnantes a nuestras ideas claras? Le respondería que no niego donde dos líneas rectas se inclinan una sobre la otra con un ángulo sensible, pero es absurdo imaginar que tienen un segmento en común. Pero suponiendo que estas dos líneas se acerquen a razón de una pulgada en 20 leguas, no percibo ninguna absurdidad en afirmar que, al contactarse, se convierten en una ….» Como el standard último de estas figuras se deriva de nada más que los sentidos y la imaginación, es absurdo hablar de una perfección más allá de lo que estas facultades pueden juzgar.» (De “A Treatise of Human Nature”, por Hume)

«… en la vida psíquica nada de lo una vez formado puede desaparecer jamás; todo se conserva de alguna manera y puede volver a surgir en circunstancias favorables…» (De “El malestar en la cultura”, por S. Freud)

La ciencia moderna (siglo XX/XXI) deambula por un amplio abanico de instrumentos matemáticos (Euclides, límites, curvaturas de Riemann, geometría diferencial, infinitudes cantorianas, etc.), en un comportamiento tan ecléctico que es asombroso su paso desapercibido, como si echara mano a herramientas contradictorias para ir emparchando los resultados del laboratorio o del universo (podría esgrimirse que el ajustado cálculo de la precesión de Mercurio, como otros «descubrimientos», invierten la ecuación, demostrando que la perfección de las fórmulas todo lo antecede, olvidando que en cualquier caso se sigue en la base de lo estadístico y en la esperanza de estabilidad de un hábito traducido ad-hoc), procedimiento que Hume vaticinó, no solo por la falta de coherencia entre la imaginación de lo ideal y el mundo real (no podemos ver la raíz de 2, ni π, etc.) sino que, aún más demoledor, por la misma contradicción dentro del propio sistema (no hay tangencia en puntos sin extensión, ni líneas compuestas de puntos que suman 0, etc.) que desenmascara los intentos para asimilarlos a una misión meramente probabilística (en este punto, la función de onda de la mecánica cuántica se convierte en una probabilidad de una probabilidad y la teoría del caos — con su incertidumbre provocada por extraordinarias diferencias de resultado por una brisa en el estado inicial — se mimetiza con la misma zona putativamente bajo la égida del cálculo), conservando el conocimiento solo como un aparato para chapotear en eso a lo que se es arrojado, participando con todo lo demás en esa mescolanza de combinaciones que se desenvuelve sin privilegios, equiparando a las ideas a las actividades químicas que sedimentan o se dispersan de acuerdo a un principio por siempre ajeno, quedando solo la fe en ese sentimiento oceánico (no valorado por Freud), equiparable, quizás, a esa mochila indivisible repleta de impresiones que Bergson señaló, en la gracia con su pliegue.