La hora de callar

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La hora de callar

«Los primeros (neo-darwinistas) probablemente se equivocan cuando hacen que la evolución del instinto sea una evolución accidental, y los segundos (neo-lamarckianos) cuando consideran el esfuerzo del que procede el instinto como un esfuerzo individual”…»El esfuerzo por el cual una especie modifica su instinto, y también se modifica a sí misma, debe ser algo mu­cho más profundo, que no depende únicamente de las circunstancias ni de los individuos.»…»En cuanto al tema original, está en todas partes y en ninguna par­te. Es en vano que tratemos de expresarlo en términos de cualquier idea: debe haber sido, originalmente, sen­tida en lugar de pensada.» (De «Henry Bergson Pre­mium Collection.»)

Es difícil encontrar filósofos que mas temprano que tarde, no apelen a algún hallazgo científico, que de­bería hacernos pensar más allá de la respuesta que encuentra en la búsqueda de fundamento su raíz (sin dejar luar a duda acerca del abanico de razones). como por ejemplo la convicción bastante generalizada que consiste en adjudicarle a la filosofía la necesidad de explicar lo que es, de inundarla de hybris para que abandone su simpleza – esa que nos hace admirar a Sócrates, a Zhuang Tse, Pirrón, Nagarjuna – para competir en la agonísica hegemónica (y aplicando un paradójico principio de caridad que destierra la posibilidad de la estupidez, deberíamos atribuir a sus mentores una cuota no menor de cinis­mo y falsedad) en busca de adeptos que solo aceptan soluciones holísticas, autoritarias que nos tranquilicen desde la certidumbre supuesta de los laboratorios, pero cuando, aún con ese mismo espíritu, nos enfrentamos a Darwin, se nos revela lo oculto en la mayoría de las teorías, a saber, la imposibilidad de reproducción en cuatro paredes (solo la localidad del análisis de los motores en un sistema cerrado nos asegura aventuradamente el aumento de entropía universal), lo que da lugar a la rienda suelta de hipótesis metafísicas (aunque los supuestos Bergsonianos han sido debidamente contrarres­tados), dando la posibilidad de negar a Darwin (no hay filogénesis hereditaria) – y aquí también somos testigos de como los razonamientos nacen ya con su contrapartida, al estilo de Sexto Empírico – y a Lamarck (las modificaciones individuales perduran en los genes), para introducir la idea de esa fuerza que por definición es ajena a la explicación, haciéndonos preguntar entonces por la razón de tanto palabrerío científico cuando en el instante final se nos aconseja callar.