La improductividad del arte

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La improductividad del arte 

«Estos [desórdenes funcionales] son casos donde los síntomas, tales como problemas motores, parálisis, o aún ceguera están presentes pero ninguna causa fisiológica standard puede ser identificada. Otros nombres para esto incluyen «síntomas médicamente no explicados», «desórdenes de conversión», “psicosomáticos”, “psicogénico” o aún (en el afortunadamente pasado distante), “desórdenes histéricos»…”…humildemente notar que hay a menudo causas subyacentes standards que o han sido perdidas por el médico o son actualmente desconocidas a la ciencia. Pero algunas veces, como veremos, la evidencia apunta a una causa diferente – una que involucra al cerebro predictivo»…»Con estas intervenciones, y con un montón de cuidadosa puesta en escena en la que Stone y colegas explicaban la naturaleza y orígenes posibles de desórdenes funcionales, el adolescente recuperó su vista, eventualmente haciendo una completa recuperación.» (De «The Experience Machine», de Andy Clark) 

Quizás a finales del siglo XIX (nunca se sabrá bien por qué, a pesar de los intentos genealógicos foucaultianos que más que traer la claridad del principio de razón suficiente, alienta a un enjambre de motivos retroalimentados que conviven en un alud incontrolable), la necesidad de liberar a las “histéricas” de los calabozos (el siglo XXI presentará también a sus «histéricos»), dio lugar a la compasión de Freud y Breuer, ya anticipada por Charcot en la Salpetriere, abonando el campo para la constitución de nuevos objetos y prácticas, impulsando nuevos abordajes, siempre teñidos de cierta impronta física (el modelo psíquico de donde la práctica brota recuerda a las máquinas hidráulicas, con sus fluidos, canales obturados y liberaciones), comenzando con la hipnosis con la extraña virtud de verbalizaciones que destraban, dando lugar a la menos esotérica «talking cure» que sin preverlo, demuestra que su deriva no depende de explicaciones (parece que después de once meses, Dora se cansó de escuchar la justificación de su tos persistente, abandonando el consultorio) – doctrina que la psicología cognitiva parece retomar, alentada por el corrimiento arbitrario del esa frontera móvil que deja lo fisiológico de un lado y las palabras del otro, en un nuevo ejemplo del acomodamiento de las condiciones de seriedad adjudicada a una disciplina –, que aparentemente curan, devolviéndole la visión a un ciego, sino de lo que al final del día, es la verdadera causa de su destierro (que a todas luces, no es debido al fracaso en la falsibilidad – ¿por qué la psicología cognitiva sí se enseña en Harvard?), a saber, su desprecio por la cura – degradada a efecto secundario – y la avidez por habitar el entredós, improductivo como todo arte.