

La indistinción de lo distinto
«El cosmos funciona mediante la armonía de las tensiones, como la lira y el arco.Por lo tanto el bien y el mal son uno.»…»Dos convertidos en uno, nunca uno. Argumentando lo mismo, estamos en desacuerdo. Cantando juntos competimos. Nos elegimos el uno al otro para ser uno, y de lo uno ambos pronto divergen.» (Fragmentos Heráclito)
Si no fuéramos prudentes, estaríamos tentados a criticar el evidente forzamiento de Parménides y Heráclito para convertirlos en polos opuestos y sucesivos, haciéndoles rendir como titulos de conjuntos que lucen la similitud que nuestra arbitrariedad les exige (aunque también podríamos reconocer la posibilidad de determinaciones que nos obligan a hacerlo, sin dejarnos margen de maniobra alguno), posibilitando la taxonomía previa a toda técnica que solo aparece en el oscurecimiento de una metafísica encarnada que nos mostraría a ese uno convertido en múltiple y a Heráclito diciendo lo mismo que Parménides pero a la vez distinto hasta de sí mismo (recordamos a «Borges y yo» y hasta que punto somos testigos de la indistinción de lo distinto), invitados a un carrusel vertiginoso e infinito que nos marea a la vez que nos hace entrever con claridad confusa un nuevo reino que siempre hemos habitado.