La ineficiencia

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La ineficiencia 

«Entonces consideremos el caso bizarro del delirio de Capgras. Este es la creencia que su amado ha sido reemplazado por un impostor». …»El amado «siente diferente» y ellos también lucen y suenan sutilmente diferente.»..» [la sugerencia] de Barrett.. es que es a menudo mejor vista como un ‘desorden de alostasis’. Esto significaría que la depresión implica formas equivocadas de predicciones corporales incluyendo la regulación de energía.»…» Estarías presupuestando malamente, almacenando o usando energía en formas altamente ineficientes.»…» El escenario de inmunización aparece frecuentemente en contextos donde los psicoterapistas ponen a las pacientes en situaciones designadas para desconfirmar expectativas negativas, solo para encontrar sus esfuerzos inmediatamente invalidados por el paciente….. sujetos deprimidos persistían con sus bajas expectativas originales.» (De «The experience Machine», por A Clark) 

Las inevitables categorizaciones dominan nuestras definiciones – es interesante como debemos renovar una y otra vez, la vista a la paradojas, como si una vez aceptadas, la presión de la superviviencia los empujara al exilio nuevamente, en un efecto Sísifo de gran extensión – (una vez más se nos impone la enciclopedia china de Borges, siempre renovada en cada mención) de una manera tan evidente que su ocultación da un un nuevo mérito al Ministro D. de Poe que contra todo pronóstico deja completamente al descubierto la carta comprometedora, impidiendo ver con claridad como se construyen las objetos desde las disciplinas – y no a la inversa (sin necesidad de acudir a ninguna ninguna sofisticada genealogía), dando cuenta, de paso de esa, en principio, curiosa identidad de abordajes en un corte sincrónico, que hace medir a los pacientes con ecuaciones de energía (que por supuesto pertenece al éxito social de una agrupación – la ciencia agrupaba por materia, luego por topologías, más tarde por vibraciones) con balances que no se sienten necesarios de explicar (y es aquí donde lo “serio“ se solapa de lleno con el sentido común, que piensan siempre sobre las mismos conjuntos, aquellos capaces de mejorar el estado de manipulación) y cuya fechoria no solo consiste en la monetización de una práctica sino en lo que Freud comprobó en el encierro de los histéricos – y en lo que más tarde Deleuze criticó a su vez en el Edipo freudiano –, esto es, el forzamiento autoritario para encapsular posibilidades bajo el disfraz de la piedad, que recuerda (a la manera de viejos vinos en nuevos odres) la indignación de los psiquiatras (desde su invención) por los comportamientos bizarros sobre la base de lo que está bien con el ropaje indiferente de la debida represión sexual o el uso ineficiente de la energía.