La inutilidad de lo útil

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La inutilidad de lo útil

«Cuando hablamos de la realidad «independiente» del pensamiento humano, entonces, parece algo muy difícil de encontrar.»…»Podemos vislumbrarlo, pero nunca lo cap­tamos; lo que captamos siempre es un sustituto que el pen­samiento humano anterior ha peptonizado y cocinado para nuestro consumo.»…»He defendido simultáneamente hipótesis racionalistas en la medida en que estas te redirigen fructíferamente a la experiencia.»…»Las concepciones uni­versales, como cosas a tener en cuenta, pueden ser tan reales para el pragmatismo como lo son las sensaciones particulares. Ciertamente no tienen sentido ni realidad si no tienen uso.» (De «Complete Works of William James»).

Es sorprendente que los problemas de la autorreferencia hayan estado desde el mismo momento en que un atisbo de pensamiento fue capturado y sin embargo no haya frenado la cascada interminable de palabras (como si nos resultara evidente el paradójico evento de lo que se muere al nacer, como esa palabra que al momento de ser creada descubre su potencia de revolverse sobre sí misma y anularse) – podemos demorarnos en Sexto Empíri­co, en Zhuangze, en Sócrates, siempre con los mismos deprimentes resultados, si no queremos encontrarlos en la logica de Russell o en el teorema de Godel o en Turing -, pero aún más asombroso es encontrar a cada paso que damos recorriendo anaqueles, las certidumbres de haber encontrado la fórmula para resolverla, promul­gadas con ímpetus inusitados – quizás en ese límite inexistente ente la sabiduría y la ignorancia -, cayendo de lleno ahora en la solución pragmática, que sin duda conserva el mérito de poner en juicio las afirma­ciones de verdades eternas (y no decimos abolir porque el albur que corre es el de convertirse en árbitro equidistante), y que cree despegarse de los ríos de tinta que corren en disputas inútiles fijando la mara­villa de un parámetro que de tan evidente, estaba escondido, el del uso, que pretende diferenciarse rápidamente del utilitarimo, extendiéndose más allá de las fronteras del empiricismo radical (como si cada teoría, vista en perspectiva, se asemejaran a esos amasijos en el futbol americano, en donde los jugadores parecen empujarse en el intento desesperado de no confundirse con el otro), convirtiéndose de una vez en el juez definitivo, despla­zando a Dios y al laboratorio en el dictado de sentencia sin querer percatarse que en esa misma entronización, reside la anulación que recibe cuando se autoaplica su propia idea, que nos hace preguntar en abismo acerca del uso del uso del uso al infinito, empujándonos al desespe­rado intento de la última tortuga que epitomice la supervivencia, de cualquier manera imposible de garantizar cuando pensamos en las inabarcables variables que deberían incluirse para demostrar la utilidad de cualquier propuesta.