

La lógica insistente
«El mecanismo cerebral esta de tal manera dispuesto como para enviar al inconsciente casi todo este pasado, y admitir mas allá del umbral solo lo que puede arrojar luz sobre la situación actual o promover la acción que ahora se está preparando – en suma, solo lo que puede dar un trabajo útil.»…»Es con todo nuestro pasado, incluida la inclinación original de nuestra alma, que deseamos, queremos y actuamos.»…»La consciencia no puede pasar por el mismo estado 2 veces.»…» estamos creándonos a nosotros mismos continuamente.» (De» Henry Bergson, Premium Collection»).
La consciencia parece ser ese punto iluminado de un de un magma inagotable – probablemente inconcebible – que se despliega aparentemente desde el mismo nacimiento (¿de dónde vendrá «la inclinación original de nuestra alma”? – no podría estar sujeta al cableado cerebral con el que salimos al mundo (eso sería generar un enlace prohibido con la materia) por lo que habría que extender el alma-duración más allá de nuestro propia aparición en el mundo) y que empuja brutalmente a nuestras decisiones enfrentándonos a nuevas paradojas (quizá al fin del día todo se resuma a la forma en que reaccionamos ante ellas – freeze, fight, fly), porque se suponía que íbamos en curso a demostrar el origen de nuestra libertad, en la diferencia esencial de ámbito comparado con la condena al principio de razón suficiente de las cosas inanimadas, y de pronto, como al despertar de un sueño, nos encontramos en el medio de la inhospitalidad de un desconocido inconsciente al que se intenta, redoblando la apuesta, domar, adjudicándole la familiaridad de la ayuda que aparentemente nos proporciona – es con toda esa cargada mochila con la que la balanza se inclina – sin reparar en la terrible asimetría de esa pequeña luz, repleta de hybris, que la hace suponer dueña de ese océano que la rodea por todos sus costados, haciendo risible la sola imaginación de autonomía y creatividad (más acá de la pregunta acerca de la imposible traducción de la praxis al la informe duración, ¿cuál sería la influencia del instante en la eternidad como para torcer un rumbo desde siempre establecido?), equiparando sin saberlo y en un solo punto, la espontaneidad con un destino de hierro, indecidible, que solo puede pasar desapercibido en el empeño desmedido y nuevamente paradójico de neutralizar y hacer sistema de lo siniestro que, como Freud nos mostró, impedirá nuestra autonomía en la misma medida en que intentemos reducirlo a nuestra lógica.