La magia que se esfuma

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La magia que se esfuma

«Por lo tanto el no-ser es solo el nombre en el cual la expe­riencia es recapitulada y su clausura-el imperativo de Parménides – nos muestra que el orden del pensamiento, [noein], no tiene nada que hacer con el de la experiencia.»… «Por lo tanto, evitar el camino del no-ser esencialmente significa rechazar la experiencia de forma tal de estable­cer el pensar como algo separado del campo de los nombres donde la experiencia se manifiesta.»…» La filosofía comienza cuando rompemos con la experiencia.»…» Platón requerirá que el no-ser sea renombrado.»…» El no lo llamará «no-ser». El lo renombrará y lo llamará «el Otro».»…»…hay una «idea» de el Otro, “idea”  siendo lo que pertenece al lenguaje del pensamiento.»…» Por lo tanto, nombrando a la prohibición, designando un nombre del nombre, Platón pensará la relación, el Dos de pensar y no-ser.» (De «Parmenides? por A. Badiou)

Con cierta frecuencia, Marvin Minsky presentaba su afición por la ciencia ficción, fascinado por la proliferación de ideas por página, como si, contra toda expectativa que el sentido común recorta sobre los científicos (recubiertos del efecto halo de la objetividad que socialmente se les otorga), el éxito de las teorías tuviera un primer paso en la belle­za en su planteo (recordemos, nuevamente, el perdón a Freud, acusado de falseo de pruebas, justificado (si ese hubiera sido el caso) por la necesidad de dar vida a sus magníficas postulaciones), casi como conformando un mundo a la medida de nuestro encantamiento (¿no resuena Jane Bennett, con su rescate de Whitman y Thoreau, en la búsqueda de abolir el tedio de lo a la mano?), posibilidad que comienza a despojarse de su apariencia bizarra cuando caemos en la cuenta de la profusión de explicaciones posi­bles sobre mismos fenómenos – cuestión que no se arregla por juzgar las lineas punteadas de sus respectivos alcances, toda vez que estos mismos están sujetos a focos paradigmá­ticos tan profundos como los que Feyerabend nos marcó, dejando la falsibilidad abierta a la estrechez de ciertos fun­cionamientos que nos interesan a la sazón – que pone en la mesa una vez más la importancia de la estética en la ciencia (¿no nos hablan los matemáticos de la adopción de so­luciones solo por la seducción que ejercen?), que a su vez inaugura una nueva dialéctica entre, por ejemplo, la navaja de Ockham, con la atracción de su austeridad, y la abundancia de palabras (¿quien es capaz de inclinarse por uno o por otro, más allá de un ejercicio lúdico con reglas que nos invitan a producir?), como cuando leemos a Whitehead o a Badiou, inmersos en un barroquismo que aparenta desear ser simplificado (está claro que decir «entendí» debe estar relacionado con las pocas varia­bles que somos capaces de albergar al mismo tiempo en nuestro cerebro) – ¿es tan importante adivinar el mecanis­mo de Platón o Parménides, en párrafos que ni siquiera sabemos quien escribió, en medio de una heterogeneidad inasible de conceptos?-, cayendo en la cuenta, una vez más, de las trampas que nos tiende la voluntad de sistema (probablemente heredada del respeto por el progreso de la ciencia que lo ostenta como condición) que no se contenta con el vagabundeo en un ámbito ajeno al senti­do común y precisa afianzar su prestigio, al precio de perder la poesía que solo tiene permitida un par de páginas para entregar su magia y desaparecer.