La maravilla desprendida

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La maravilla desprendida

«Podemos comparar el proceso por el cual la naturale­za construye un ojo con el simple acto por el que levantamos la mano.»…»El proceso real que da lugar a él no tiene partes. Eso es lo que ni el mecanismo ni el finalismo tienen en cuenta.»… «La vida es, más que cualquier otra cosa, una ten­dencia a actuar sobre la materia inerte.»…»(El meca­nicismo) excluye absolutamente la hipótesis de un impulso original, me refiero a un impulso interno que ha llevado la vida, por formas cada vez más complejas, a destinos cada vez mas altos.» (De “Henry Bergson Premium Collection”)

El problema al que se enfrenta la filosofía que pre­tende la validación de la ciencia es doble porque por un lado debe compartir forzosamente el ideal del progreso, reacomodándose una y otra vez al paradigma de su tiempo (se podrá decir que asis­timos a este espectáculo desde el nacimiento mismo de la filosofía -¿ no es el poema de Lucrecio una apropiación de ‘la ciencia. de su tiempo? (aunque está claro que la respuesta es negativa, basta mirar la maravillosa imagen del clinamen que todavía seguimos admirando) y por el otro, asociado a Ia misma idea, le impide cualquier posibilidad de independencia y creación (cualquiera sea el significado) y encontramos en Bergson el dilema desplegado (en realidad no hay otra posibilidad pa­ra los dilemas de aparacércenos, toda vez que es de esa manera en que se nos permite aplicarles una lógica a la que no nos han llamado) en su discusión con Darwin o en la interpretación mecanicista o finalista (el ojo como sucesivas mutaciones ciegas canalizadas por la presión del afuera o como dise­ño materializado de una sola vez, a la manera de designio divino), en la que se empeña en emplear razonamientos técnicos (por otra parte, a esta altu­ra como era de esperar, debidamente deshechados) que lo expulsan de la discusión una vez que el la­boratorio los prueba como falso, obligando por su propia actitud a arrojar al bebé con el agua del baño, impidiéndonos disfrutar de la metáfora, que, como todas, está condenada a morir en la extensión que la metonimia nos tiene preparada (vemos aquí por ejemplo la inexplicable y parasitaria función de la materia, que será muy difícil de defender), pero que en cada imagen concentrada que el filósofo nos regala (y no duda que el movimiento indivisible de la mano es una de ellas), si somos capa­ces de despegarla hasta de su mismo autor, seremos testigos de grandes maravillas.