La materia que se escurre

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La materia que se escurre

» Por lo tanto podemos concebir la sucesión sin distin­ción, y pensar en ella con una penetración mutua, una interconexión y organización de elementos, cada uno de los cuales representa el todo, y no se puede distinguir o aislar de ella excepto por el pensamiento abstracto.»..» Hay una duración real cuyos momentos heterogéneos se impregnan entre sí; cada mo­mento, sin embargo, se puede relacionar con un esta­do del mundo exterior que es contemporáneo con él, y se puede separar de los otros momentos como consecuencia de este mismo proceso.» (De» Henry Bergson Premium Collection»).

No es casual que Borges tomara inspiración en ciertos desarrollos filosóficos si tenemos en cuenta, a modo de testimonio el párrafo que hemos leído, ejemplo ostensible de ‘fantástica imaginación’, que, entre otras cosas, nos empuja nuevamente a repensar la relación de filosofía y ciencia (sospechando siempre de las coincidencias de época, debemos tener presente que Einstein estaba dando fin a su teoría de la relatividad, que a la pasada podemos decir, era rechazada por la comunidad científica de su tiempo), ayudándonos a deshechar la controversia acerca de la anteceden­cia de la una sobre la otra, inclinándonos por cierta misteriosa sincronía – que muchos se em­peñan en explicar por condiciones super estructurales bien definidas, desplazando el eje de la causalidad pero cayendo en la misma trampa, desconociendo la miríada de variables ocultas flagrantemente ignoradas – que hace aparecer por (casi literalmente) arte de magia un concepto de duración ajeno al sentido común (y aquí nuevamente hace su entrada la disrup­ción que la filosofía debe reservarse para sí – no al modo de propuesta (para eso está la ciencia que debe empeñarse en construir sobre las ruinas antes de que sea tarde) sino continuamente sostenida por el espíritu socrático que por enrevesadas razones tiende permanentemente hacia su desaparición) que asigna a cada instante una interpenetrabilidad infinita para adelante y para atrás, concentrando todo en el aleph que solo se pierde por un extraño mapeo con lo que hay ahí afuera (la duración, ex­trañamente, se le niega a todo lo que no es consciencia) estimulando un dualismo que en vistas de una materia que se nos escurre de las manos, se hará cada vez más difícil de sostener.