La mentira encadenada

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La mentira encadenada

«… él era un político a quien seleccioné para exami­nación.»…»soy mejor que él, porque él no sabe nada, y piensa que sabe; yo no sé ni pienso que sé. En este último particular, entonces, parece que tengo una ligera ventaja sobre él.»…»Entonces supe que los poetas no escriben poesía por sabiduría, sino por una especie de genio e inspiración; son como adivi­nos que también dicen muchas cosas buenas pero no entienden su significado.»…»Me pregunté en nombre del oráculo, si me gustaría ser como era, no tener su conocimiento ni tampoco su ignorancia.»…» Él (Dios) no está hablando de Sócrates, solo está usando mi nombre a modo de ilustración, como si dijera: Él, oh hombres, es el más sabio, quien, como Sócrates, sa­be que su sabiduría en verdad no vale nada.» (De «Apology», «Plato: The Complete Works», por B. Jowett)

Es de sentido común acudir a los políticos cuan­do se trata de encontrar las trazas de menti­ras que fingimos pretender desterrar, como si exis­tiera un mundo en el que la moneda falsa no tuviera permitido circular, ilusión producto de nuestra inveterada e inevitable afición por las dico­tomías, pero es un poco más extraño sentar en el mismo banquillo a los poetas, a los que el sen­tido común les confiere cierta inmunidad, en la necesidad de proyectar el otro polo de la tram­pa que nos tendemos, y a los que Sócrates les cae con el mismo rigor, quizás motivado por la paradoja que lo asalta en el medio de su defensa (sus conversaciones en el mercado gozaban de la impunidad de un juego que ahora se le prohí­be: «Y aunque algunos de ustedes pueden pensar que estoy bromeando, declaro que les diré toda la ver­dad»), forzado a razonamientos lógicos que obli­gan a la sucesión en contraste a la superposi­ción cuya existencia solo pudo ser hablada en ámbitos académicos después del golpe de auto­ridad de la física cuántica, que nos confiere dere­chos dudosos por habitar su paradigma), que lo muestran braceando en medio de su brutal y autoinflingida paradoja, que deshace en migajas su supuesta ventaja cuando aplicamos su aparentemente humilde máxima a su propia afirmación, volviendo a dejar en pie al político y al poeta, apremiado a volver a unir lo que las circunstan­cias lo han obligado a amputar, poniendo en las manos de Dios lo que nos es dado como un don, a saber, la avalancha de magia que de vez en cuando, después de encadenar unas cuantas mentiras, se nos regala sin que permita explicación.