

La migración siniestra
«Por lo tanto, cuando reflexionamos sobre un objeto distante de nosotros, estamos obligados no solo a alcanzarlo en principio pasando por todo el espacio intermedio entre nosotros y el objeto, sino también a renovar nuestro progreso en todo momento, siendo en cada momento llamados a la consideración de nosotros mismas y de nuestra situación presente.»…»Los objetos contiguos deben tener una influencia muy superior a la de los lejanos y remotos. En consecuencia encontramos en la vida común que los hombres se preocupan principalmente por aquellos objetos que no están muy alejados ni en el espacio ni en el tiempo, disfrutando del presente y dejando lo lejano al cuidado del azar y la fortuna…» (De “A Treatise of Human Understanding”, por D. Hume)
«Designamos con el [Líbido] la energía, de los instintos relacionados con todo aquello susceptible de ser comprendido bajo el concepto amor.»…»Sabido es que las tendencias sexuales anteriores quedan conservadas con mayor o menor intensidad en lo inconsciente de manera que la corriente total primitiva perdura en un cierto sentido.» (De “Psicología de las masas y análisis del yo”, por S. Freud)
«Juan Muraña fue un hombre que pisó mis calles familiares, que supo lo que saben los hombres, que conoció el sabor de la muerte y que después fue un cuchillo y ahora la memoria de un cuchillo y mañana el olvido, el común olvido.» (De “Juan Muraña”, por J.L. Borges)
Lo que más sorprende de los «hallazgos» que le merecieron el premio Nobel a D. Kahneman — aversión al riesgo (evitar pérdidas más que perseguir ganancias), efecto de anclaje (influencia del dato previo a la respuesta), disponibilidad (uso del dato más cercano para diseñar una idea), status quo (mantener el estado presente), etc.— no es el hecho que conforme un flagrante plagio de postulados del siglo XVII, sino más bien las razones por el festejo tres siglos postergado, puestas de relieve magistralmente por Freud que paradójicamente, en el medio de su putativa revolución copernicana (Copérnico, a su vez, tomó la idea de Aristarco —siglo III a.C.— y, a pesar de las loas recibidas, falló en la consideración del sol como el centro del universo), pone en evidencia su resistencia al abandono de un anclaje («esta resistencia mía tomó después la forma de una rebelión contra el hecho de que la sugestión, que todo lo explicaba, hubiera de carecer por sí misma de explicación»), desembocando en el salvataje de un narcisismo de segundo grado a través de las alambicadas andanzas energéticas que exigen más y más profundidades, divisiones e inversiones (el principio del placer no alcanza pero tampoco la pulsión de muerte, ni las disecciones imposibles del Yo, del Ello y del Superyo), como si el movimiento hacia abajo no fuera otra cosa que una extraordinaria defensa contra la simpleza que conspira con la hybris desmedida que no puede digerir ser juguete de contigüidades y semejanzas que emparejan a los hombres y a las cosas, poniendo en un solo plano de igualdad las afinidades químicas, las tensiones superficiales y la forma en que una planta captura un insecto, con la migración de Muraña a un cuchillo, a su memoria y a su olvido.