La moneda

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​La moneda

​»La idea de nosotros mismos está siempre íntimamente presente a nosotros, conduce un grado sensible de vivacidad a la idea de cualquier otro objeto al que estemos relacionados. Esta idea animada se convierte gradualmente en una impresión real. Estos dos tipos de percepciones son en gran medida lo mismo y difieren solo en sus grados de fuerza y vivacidad. Pero este cambio debe producirse con la mayor facilidad, ya que nuestro temperamento natural nos da una propensión a la misma ante cualquier ocasión. En ese caso, la semejanza convierte la idea en una impresión, no solo a traves de la relación y transfundiendo la vivacidad original en la idea relacionada sino también presentando tales materiales como tomar fuego de la menor chispa.» (De “A Treatise of Human Nature”, por De. Hume)

«Invitar a la paciente a yugular sus instintos, a la renuncia y a la sublimación en cuanto nos ha confesado su transferencia amorosa, sería un solemne desatino. Equivaldría a conjurar a un espíritu del Averno, haciéndole surgir ante nosotros y despedirle luego sin interrogarle.» (De «Observ. sobre el Amor de transferencia», por Freud)

​»El dinero es abstracto, repetí, el dinero es tiempo futuro. Puede ser una tarde en las afueras, puede ser música de Brahms, puede ser mapas, puede ser ajedrez, puede ser café, puede ser palabras de Epicteto…» (De «El Zahir», por J. L. Borges)

​La misteriosa carta rosa que recibe Don («Flores Rotas» – «Broken Flowers», de Jim Jarmusch – posiblemente escrita por su amigo Winston, siempre deseoso de extraerlo de su apatía), revelándole su supuesta paternidad, inicia su periplo recorriendo su pasada carrera de Don Juan, dueño de múltiples enamoramientos, todos con posibilidad de aquel anuncio, con el dato inverosímil del color rosa, cualidad que hace saltar su mirada a cada elemento que lo presente – una moto, una bata, una máquina de escribir -, en la esperanza del descubrimiento definitivo de la existencia de su hijo, tironeado por las banalidades de sus encuentros que profundizan su soledad hasta llegar a ver en los ojos de circunstanciales jóvenes el reflejo de lo que a esta altura dejó de ser su hijo, reconociendo algo en esas series de azares permanentes que las unifica, dando cuenta de la simpleza de esa fenomenología básica de Hume que deslumbra y aterra como todo lo elemental describiendo al universo como un plano que se balancea, ligando a las personas, a las cosas, a las palabras, jugando con sus proximidades y reconocimientos productos de los hábitos generados por esos vaivenes inexplicables, pavor que promueve la búsqueda de la profundidad que salve del caos y del sinsentido, como la que Freud busca en su batalla, reconociendo al espíritu del Averno en la cara de sus histéricas que él está destinado a conjurar como un héroe capaz de resistir las tentaciones que desvían del puerto que promete desbaratar los planes del demonio, poniendo en evidencia qué hay detrás de la máscara del amor, sin poder llegar a la conclusión – para favorecer el éxito de su disciplina – que es el fetichismo otorgado por la equivalencia de todo en una moneda, lo que al final podría iluminarnos.