La montaña de aire

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La montaña de aire

«Las contradicciones que la mente encuentra son las únicas realidades, el criterio de realidad. No la contradicción en la imaginación, la contradicción, experimentada hasta lo más profundo del ser, es la angustia, es la cruz. Cuando la atención fijada soblre algo ha hecho la contradicción manifiesta, una suerte de desapego ocurre. La perseverancia en esta dirección lleva al desapego.»…»Todo bien verdadero tiene condiciones contradictorias, y por lo tanto es imposible. Quien mantiene su atención verdaderamente fija en esta imposibilidad y actúa, hará el bien. De la misma manera toda verdad contiene una contradicción.»…»Tienes que elegir el lago o el bosque. Si quiero ver ambos el lago y el bosque debo trepar más alto, Solamente la montaña no existe. Está hecha de aire. No puedes ir hacia arriba: tienes que ser tirado hacia arriba.» (De «Gravity and Grace», por Simone Weil)

Cansados de la comprensión (la Verstand de Hegel) por sus promesas incumplidas (pero que de todas maneras no dejan de seducir aún al más avisado) – origen del dogmatismo —, también aparece la deuda de la razón negativa, epitomizada por el escepticismo, con Pirrón induciendo al ejercicio tedioso – aunque posible – de encontrar la cláusula contraria a la que invade a la cabeza, con el propósito (y es aquí donde acecha el desmoronamiento de un construcción que nunca debió ser afirmada en primer lugar) de lograr la deseada ataraxia – se puede iniciar un proceso de destrucción bajo la égida de un deseo y convertirse en testigo de una misión cumplida que exigió desde el primer momento un plan al que por definición no le sigue sobrevida? —, vaciando cualquier acto, incluyendo, por supuesto, el que se Ileva a cabo para desbaratar entusiasmos que más tarde o más temprano, demostrarán su error, dando lugar al discurso que queda según Hegel — cualquier similitud a la nosología lacaniana del los discursos/saberes no es pura coincidencia –, el del misticismo que afirma (Vernunft) sin poder compartir, ajeno al espacio de razones, aislado y consumido en su alegado fulgor que siempre nos termina eludiendo (quizás el zen – y sus símiles – pueda presentarse como un hastío a, por ejemplo, las mónadas detalladas de Santa Teresa), en el final de una clasificación arbitraria como todas pero que interpela para la búsqueda de una ética por fuera de la moralidad que exige el dogma, el escéptico y el mistico — esta claro que todos a su manera sugieren un acto capaz de ingresar a su catálogo y por lo tanto ser bueno –, como la que misteriosamente propone Weil, anidada en la imposibilidad del bien (y es el escéptico que aparece pero solo como la escalera que luego será arrojada) que convierte a cualquier acto en ético, trepado a la montaña de aire de la gracia.