

La naturaleza inventada
«En los fenómenos del sentimiento, en la simpatía y antipatía a-reflexiva, experimentamos en nosotros mismos – aunque en una forma mucho más vaga y demasiado penetrada por la inteligencia – algo de lo que debe suceder en la conciencia de un insecto que actúa por instinto.»…»La explicación concreta, que ya no es científica, sino metafísica, debe buscarse a lo largo de otro camino, no en la dirección de la inteligencia, sino en la de la «simpatía». El instinto es simpatía.»…» Porque – no podemos repetirlo lo suficiente – la inteligencia y el instinto se vuelven en direcciones opuestas, el primero hacia la materia inerte, el segundo hacia la vida.» (De «Henry Bergson Premium Collection)
Podemos encuadrar muchas discusiones bajo el concepto de «fluir» («La psicología de la Experiencia óptima,» de Csikszentmihalyi, representa uno de los pináculos en el siglo XX), muchas de las cuales desembocan inevitablemente en dudosas autoayudas (quizá una de las maneras de apartar la mala literatura sea seguir escrupulosamente la arborescencia que le sigue), y comprobar que en algún lugar tienen un sesgo existencial, tomado como lo que privilegia supuestas sensaciones primarias incontaminadas por lo que se convierte automáticamente en el enemigo a anular (los sistemas 1 y 2 de nuestros cerebros de Daniel Kahneman ingresan en esta no menos arbitraria categoría), en el intento de acoplarse a ese supuesto manantial no mediado que nos tomaría en sus alas con promesa de felicidad plena (¿que mejor paraíso que ir en la dirección inefable del universo? – aunque sin duda aquí también somos esclavos de un presupuesto, en este caso, de cierta continuidad en cada punto del cosmos), intento al que parece no escaparse la idea bergsoniana de la separación original de la fuerza (cualquiera sea la definición que le demos, derrotados como estamos desde el comienzo si pretendemos conceptualizara) en instinto e inteligencia, con el privilegio que el primero tiene de plegarse a esa corriente cósmica y la condena de la segunda a la separación de todo lo que ve (más allá de las ventajas de alcance para la auto-preservación que indudablemente nos presta), que la hace añorar el paraíso perdido que Bergsonc(y, hay que decirlo, muchos otros menos elegantemente) intenta recobrar, como si por nuestra decisión pudiéramos anular el lenguaje que todo lo tamiza para habitar otra vez una naturaleza que – y quizás sea el principal señalamiento de Freud -, paradójicamente, es ahora solo el resultado de nuestros propios y denostados pensamientos.