

La negación de la vida
«La imagen de Nada, así definida, es una imagen llena de cosas, una imagen que incluye a la vez la del sujeto y la del objeto y, además, un salto perpetuo de uno a otro y la negativa a descansar finalmente en cualquiera de los dos.»…»Puedo suponer que duermo sin soñar o que he dejado de existir; pero en el mismo instante en que hago esta suposición, me concibo a mí mismo, me imagino a mí mismo cuidando mi sueño o sobreviviendo mi aniquilación.»…»La concepción de un vacío surge aquí cuando la consciencia, a la zaga de sí misma, permanece unida al recuerdo de un viejo estado cuando otro estado está presente. Es solo una comparación entre lo que es y lo que podría o debería ser, entre lo lleno y lo lleno.” (De “Henry Bergson Premium Collection”)
Si lo que verdaderamente es consiste en esa duración, en ese flujo creativo, en esa avalancha impredecible hacia adelante, entonces, sin duda la Nada no existe, o mas bien, es producto de nuestro intelecto y solo a modo de negación, que, dicho sea de paso, tampoco lleva una existencia autónoma y que debe su mención a los meandros de nuestro intelecto, ávido de obstáculos destinados a ser los diques en donde se posibilite la predicción sobre sustantivos (queda por verse la siempre incómoda pregunta acerca de una evolución que en su pináculo genera para sí misma el freno que luego se empeña en sortear), dependientes como fenómeno de 2º grado, de la positividad de la vida, convirtiendo a la negación en parasitaria, como evaluación de errores de afirmaciones, como potenciales correctores de lo que es, despreciando consecuentemente las aproximaciones nirvánicas, aquellas que creen alcanzar lo que no es en la consciencia (deberíamos hacer mención acá a, por ejemplo, George Bataille y sus «pequeñas muertes», como epítome de tantos intentos – no solo provenientes de dudosas traducciones del Este – de experimentar la Nada, cuando en realidad estamos condenados a tener nuestras cabezas siempre llenas (¿será por eso que cierta clase de meditaciones aconsejan evitar el evitar las representaciones, como una especie de rendición ante la imposibilidad del vacío?)), pobladas de eslabones de cadena rígidos empujándose unos a otros para ingresar al foco de atención, dejándonos en apariencia con la sola elección de la capitulación ante una idea de vida tan avasallante que a partir de su propia inevitabilidad se ha convertido en aterradora, si no fuera que viene en nuestra ayuda la sospecha que ese flujo que se presenta ahora como la más absoluta de las tiranías es, aunque pretenda escamotearlo, también su propia destrucción.