La performatividad del ser que no es

Screenshot
Screenshot

La performatividad del ser que no es

«No puede decirse que el «ser es Uno» en el sentido que es ´’continuo´, porque la definición de lo continuo es precisamen­te que es divisible o que tiene partes´- partes arregladas de una manera continua.»… «Tampoco puede decirse que es ‘Uno’ en el sentido de ‘indivisible’ porque, Aristóteles comenta irónicamente, sería imposible decir que es ‘finito’. Esta es la mis­ma trampa que un momento atrás. Lo finito es precisamente lo que tiene divisibilidad. La finitud incluye divisibilidad.»…»Aristóteles dice que Parménides afirma la finitud del ser.»…»Simplemente prueba que la manera que esta otra cosa ‘es’ corresponde a un significado diferente de la palabra ‘es’ des­de el primero que fue usado.»…» Aristóteles continúa: ‘Si, entonces, el ser en cuanto ser no se atribuye a nada sino que otras cosas son atribuidas a él, como el ser en cuanto ser significa ser en lugar de no-ser’. «Por lo tanto, decir «el ser es’ no es más significativo que decir ‘el no ser es’.»…¨Decir ‘el ser es’ no es más conclusivo que decir el ‘no-ser es».» (De Parmenides,» por A. Badiou)

Una de los más importantes promesas necesarias para la ciencia es la que se constituye a partir de la cada vez más abundante cantidad de datos con posibilidad de ser procesados, albur que a la vez se asienta sobre la con­vicción de un universo laplaciano, solo oculto a nosotros por nuestras limitaciones a las que el optimismo cree vis­lumbrar en su ocaso, aunque (en este punto se hace cla­ra la discrecionalidad con la que la ciencia reparte pesos en sus argumentos según convenga) en los labora­torios se evidencia la dramática proliferación de ele­mentos (para llamarlos de manera genérica) que se suce­den geométricamente en la medida de los «descubrimien­tos» – desde el modelo estándar de la física de partí­culas, pasando por la cantidad de morfologías celulares, etc, en multiplicaciones que motivan más y más teo­rías – (Jeff Lichtman es uno de los pocos científicos que se animan a confesar en público el deprimente espec­táculo de la superabundancia de complicaciones en la exacta proporción inversa a los progresos investigati­vos en el cerebro, dando por tierra con la esperanza de una teoría completa que se esfuma en cada paso que sigue a la ilusión de haber entendido), que nos trae la imagen de una curiosa dialéctica de pliegue y des­pliegue (por un lado mas y mas datos que hacen un alto en la meseta que el espejismo de una explica­ción hace su aparición, para volver otra vez a un nue­vo diseccionamiento que hace volar en pedazos lo que de todas maneras ha demostrado su utilidad – cada me­seta presenta efectos para apuntalar supervivencias, en categorizaciones a las que no se les puede negar su éxito), como si el desenrollado revistiera alguna cuota de una especial fractalidad, a saber, no aquella que repite los mismos patrones hacia atrás y hacia adelante, sino reconstruyendo su propio algoritmo a cada paso, reduciendo toda teoría a lo que más odia, esto es, al sin número de interpretaciones que siempre ha sido su pretensión de clara frontera con la filosofía, que con un coraje reconocido por Sócrates y luego olvi­dado, es capaz de exponerse en ese hilo interminable que le permite a Badiou, mientras interpreta a Aristóte­les que interpreta a Parménides, performar delante de los atentos, aquello que es y no es al mismo tiempo.