

La producción del milagro
«Y admitiste que el amor, porque estaba necesitado, desea esas cosas buenas y justas de las que está en necesidad? ‘Sí, lo hice’, ¿ Pero como puede ser un dios que no tiene parte de lo que es bueno y justo? ‘Imposible’. Entonces ves que niegas la divinidad del Amor.» Entonces, ¿ que es el amor? Pregunté» ¿ Es mortal? ‘No.’ Y qué entonces?. ‘Como en el caso anterior, no es mortal ni inmortal, sino un medio entre los dos.’ ¿ Qué es, Diotima?»….» ‘Es intermedio entre lo divino y lo mortal’…» Pero quienes son entonces, Diotima, los amantes de la sabiduría, si no son ni los sabios ni los necios? ‘Un niño puede responder a esa pregunta’, respondió; ‘ellos son los que están en el entre-dos; el Amor es uno de ellos’…’…. ser un amante de la sabiduría está en el medio entre los sabios y los ignorantes’.»(De «Symposium», “Plato: The complete
Works», por B. Jowett)
No solamente la neurofisiología continúa el legado de la glándula pineal de Descartes, seccionando cerebros de monos y ratas – es de hacer notar que sus métodos se han suavizado para amoldarse a lo políticamente correcto – o a través del estudio de daños cerebrales en humanos, en la búsqueda. de ese nexo que se niega a aceptar como ese abismo del que somos presa cuando nos sumergimos en la división infinita, sino que también la física de partículas con sus gluones (su nombre ya es una ironía) o la cuántica con esa incógnita entre la onda y su colapso, todas desafiando la simpleza de la paradoja que nos impedirá por siempre la unión de lo que sea, sencillez que Diotima – sacerdotisa convocada por la ironía de Sócrates, que la hace repetir su propio escepticismo – concentra en la ingenuidad de un niño, capaz de advertir lo que nosotros negamos (quizás como condición imprescindible para durar), que no consiste en la imposibilidad del medio sino en la increíble inexistencia de los polos a la hora de pensar, ubicando a la filosofía y al amor en ese entredos eximidos de la necesidad de convertirse compulsivamente en pegamento, rebotando entre esos límites inexistentes que solo inventamos para el dominio de lo a la mano, a una velocidad que excede a la de la luz, escapándose de los algoritmos y de las localizaciones que de todas formas necesitamos para que el milagro finalmente se produzca.