La realidad irracional

Screenshot
Screenshot

La realidad irracional

«En tales piezas de conocimiento de percepción, todo nuestro conocimiento debe terminar y llevar un sentido de esta posible terminación como parte de su contenido. Estas percepciones, estos termini, estas cosas sensibles, estos simples asuntos de percepción, son las únicas rea­lidades que conocemos directamente y toda la historia de nuestro pensamiento es la historia de nuestra sus­titución de uno de ellos por otro, y la reducción del sus­tituto al estado de un signo conceptual.» (De «Complete Works of William James.»)

Quizás como la abundancia de colores nos da el blanco (recordamos acá The Tower of Silence, de Zawinul, construida con infinidad de sonidos ansiosos de llegar al título de la canción), podamos decir lo mismo de la multiplicación de las palabras, como si llevar al límite fuera la clave para convertirse (no es el verbo correcto porque en realidad siempre lo fue – y aquí rompemos la retroactividad de la oración, apuntando hacia un futuro que desde siempre ya es el pasado) en su contrario (y quizás aquí entreveamos que la crítica, lejos de la agonística que pretende el reemplazo, no sea otra cosa que el ejercicio de poner las cosas patas para arriba, en una multiplicación también curiosa por la creatividad inexplicable – si solo se invirtiera una y otra vez, estaríamos siempre en el mismo lugar – que con sutiles variaciones es capaz de extenderse al infinito), algo que se nos ocurre cuando leemos el párrafo sólo trazando su dirección que nos lleva desde los conceptos a sus supuestos funda­mentos (y siempre las alertas deben encenderse cuan­do nos hablan de fundamentos), las aparentemente inconmovibles y sinceras percepciones, dando un paso atrás de Descartes (sin hablar de progreso, sería una verdadera pena olvidar la duda que inclusive Descartes desechó rápidamente en la existencia de su yo que luego fuera el objeto de tanto éxito), convirtiéndolas en el destino de toda idea, anulando de un plumazo cual­quier intento metafísico (¿y deberíamos incluir en la cate­goría eliminada a la mecánica cuántica?), lo que nos impulsa – quizás por estar ya cerca de ese límite en el que las cosas nos deslumbran por mostrarnos que siempre fueron otras – en recorrer la dirección contra­ria, aquella que va desde una percepción nunca definida (nunca podría estarlo si las cosas son y no son al mismo tiempo -¿tendrá esto algo que ver con el inevitable síndro­me del impostor?) a abstracciones que intentan una y otra vez delimitarlas para caer en la cuenta después de mucho vértigo que siempre ya han sido otras.