

La reclusión
«Prop XIII. La mente no se conoce a sí misma, excepto en tanto que percibe las ideas de las modificaciones del cuerpo. Prueba: la idea o conocimiento de la mente se sique en Dios de la misma manera, y es referido a Dios de la misma manera, como la idea o conocimiento del cuerpo. Pero en tanto la mente humana no conoce el cuerpo humano en sí mismo, esto es, dado que el conocimiento del cuerpo humano no es referido a Dios, en tanto que él constituye la naturaleza de la mente humana; por lo tanto, ni es el conocimiento de la mente referido a Dios, en tanto constituye la esencia de la mente humana; por lo tanto, la mente humana no tiene conocimiento de sí misma.» (De «Ethics», B. Spinoza)
«Cuando el ojo no ve nada, el oído no escucha nada – Entonces tu imponderable espíritu sostendrá a tu cuerpo y entonces el cuerpo puede vivir mucho tiempo.» (Zhuangzi)
«Sentí un funeral en mi cerebro – y las deudas iban y venían arrastrándose – arrastrándose – hasta que pareció / que el sentido se quebraba totalmente… y luego un vacío de la razón, se quebró, / caí – y caí y di con un mundo, en cada zambullida y terminé sabiendo – entonces –.» (“I Felt a Funeral in my Brain”, Emily Dickinson)
Si bien el pasaje desde un modesto restaurador de marcos, a una suerte de asesino a sueldo (“El amigo americano”, film de W. Wenders), parece de dimensiones abismales, la intempestiva ampliación de lo que su cuerpo toca, oye, siente, no parece iluminar de manera especial a Zimmermann, como si la multiplicación geométrica de afecciones no estuviera en proporción a sus impactos en su mente (en más de un fotograma, se muestra sosteniendo marcos que lo encuadran a la espera de una definición), porque aunque se pudiera arriesgar la aparición de modificaciones – algún cambio en la relación con su mujer y con su hijo –, solo representan una minúscula variación en su consciencia, como si, asumiendo el paralelismo asombroso de Spinoza, las peripecias de los cuerpos agregaran muy poco a ninguna revelación, cuestión que tiene su buen grado de evidencia en la absoluta desigualdad entre la infinita cadena causal solo posible en Dios y la mísera porción habilitada en la existencia (ni siquiera Odiseo podría experimentar una significativa colisión de átomos sobre los 10^80 y sus combinaciones y permutaciones), y que descarta la propuesta del exceso de una exposición que no parece solucionar nada (solo se es consciente de la pequeña porción que la geometría de las cosas permite – solo aparece el estómago cuando duele, poniendo en riesgo la perseverancia de ese ser que entonces reconoce la acechanza de la que, por razón de un “conatus” circular, debe defenderse), obligando a torcer la mirada en la dirección opuesta, si se sigue insistiendo en la chance del conocimiento intuitivo, ese que permita por un instante habitar la sustancia única y completa, que quizás esté esperando en la caída total de la reclusión trágica, convertida por la gracia.