

La rendija
«El explanandum en el caso de la bioluminiscencia (calamar – Vibrio) era un rasgo que parecía conferir una ventaja adaptativa a un individuo. ¿Cual sería el explanandum y el explanans si elimináramos los éxitos relativos?.”…»Uno no debe olvidar cuál era el explanandum en primer lugar: rasgos adaptativos. ¿Cómo explicamos la bioluminosidad?»…»Es menos claro como deberíamos pensar en paquetes de procesos que compiten y qué se consideraría un éxito para estos paquetes…» «Si la adaptación sigue siendo una de las maravillosas características del mundo natural, y si tales características deben explicarse en un marco darwiniano (por amplio que sea) entonces los portadores de la adaptación serán individuos (en algún nivel u otro de organización).”…”El mundo biológico está lleno de sistemas para los cuales el éxito evolutivo tiene más que ver con aumentar el potencial de ‘supervivencia’ que para generar más copias de sí mismo.» (De «Everything Flows, ed Dupre, por Bouchard)
Quizás dos de los principios en apariencia más inapelables que gobiernan el mundo (se podría decir el universo, dada la inveterada tendencia a extender los límites de una experiencia (individual o científica) siempre escasa – ¿no es esta carencia en la que la IA deposita las esperanzas en convertirse en ‘superinteligente’, ensayando modelos masivos de aprendizaje que puedan ser transportados ‘en bloque’ y así maximizar miriadas de bytes, con el peligro no denunciado de conocimientos aislados de toda experiencia ?), sean el de razón suficiente y el ‘destino común’ de la supervivencia , ambos impregnando vida y materia (cualquier cosa que estas dos ideas sean), diseminándose capilarmente, maniatando a todo pensamiento bajo un corsé de hierro que impide hasta la misma teoría de procesos, desnudando su propia verdad (que parece alojarse siempre en la grieta que sobreviene sin remedio a las largos discursos – quizás de ahí provenga la estrategia de dejar hablar antes que la interrupción con preguntas) cuando, por ejemplo, la pasión por el flujo se disuelve a sí misma -¿dónde frena la colisión de procesos que no deja nada en pie? ¿el animal?, el corazón?, la sangre?, los genes?, las proteínas?, etc)? -, eliminando a todo portador imprescindible para sostener a Darwin (epítome de los principios con los que funcionamos), transformado en este punto en el símbolo de la condena que demuestra una vez más como las sogas se ajustan más cada vez que se producen sacudidas que especulan con liberaciones en el mismo campo donde lo que se pretende desterrar ostenta su señorío asfixiante (como Foucault y su genealogía ya nos señaló), dejando abierta solamente una puerta imposible, solo traspasable en la renuncia a vencer en el espacio de razones y en la persistencia, dejando una sutil rendija para no desaparecer del todo.