

La revelación
«…, claramente entendemos cuál es la diferencia entre la idea, digamos, de Pedro, que constituye la esencia de la mente de Pedro y la idea de dicho Pedro, que está en otro hombre, digamos Pablo. Esta última indica más bien la disposición del cuerpo de Pablo que la naturaleza de Pedro y por lo tanto mientras la disposición de Pablo dure, la mente de Pablo considerará a Pedro como presente a sí misma, aun cuando él no exista más. Además, para mantener la fraseología habitual, las modificaciones del cuerpo humano, de las cuales las ideas representan cuerpos externos como presentes a nosotros, llamaremos las imágenes de las cosas, aunque ellas no recuerden la figura de las cosas. Cuando la mente considera a los cuerpos de esta manera, decimos que imagina.» (De “Ethics”, Spinoza)
«La locura es un laberinto sin fin, raíces enredadas que confunden sus caminos, ¡cuántos han caído allí! Tropiezan toda la noche con los huesos de los muertos; y sienten que no saben qué pero les importa, y descansan guiar a los demás cuando deberían ser guiados.» (De “Songs of Innocence and of Experience”, W. Blake)
«Una vez, un adiestrador de monos distribuía castañas. Dijo: ‘Te daré tres en la mañana y cuatro en la tarde’. Los monos estaban furiosos. ‘Bueno entonces’, dijo, ‘te daré cuatro por la mañana y tres por la tarde’. Los monos estaban encantados.» (Zhuangzi)
Yago cree moverse estratégicamente para conseguir lo que entiende son sus intenciones, afectando a Emilia, a Rodrigo, a Casio, para que su rabia desemboque en Otelo y todo su odio se vomite sobre él. Todas fértiles cómplices de las combinaciones de golpes que terminan produciéndose —como en toda tragedia— en una autonomía total y alarmante, como si las partículas de ese mundo colisionaran sin remedio, ajenas a voluntades, como fuerzas irre frenables sin intervención, como si Desdémona quisiera ser culpable, como si Otelo deseara ser engañado, con sus humores internos alterados para recibir y dar lo que por siempre ha estado ahí, a la manera de los atributos de Spinoza, que en su paralelismo terminan indiferenciados en la sustancia que los lleva, como si cada idea y cada glóbulo fueran los eslabones que terminan en la daga, en la sangre y mucho más allá, en un tejido fatal de infinitas urdimbres de infinitos hilos, implacables pero desconocidos desde y por siempre, que claman por alguna clave para permitir la vida asfixiada por el orden inquebrantable de una indiferencia atroz, hundida en una especie de sortilegio que sin embargo parece atraer a su propia revocación, en ese túnel laborioso que a su vez repite la trama, con más y más axiomas, más y más proposiciones, empardadas por más y más exposiciones de cuerpos, en una progresión vertiginosa y sin respiro que configura de a poco la señal, al principio dibujada en el medio de la bruma y de los huesos de los muertos, para en algún momento inesperado, plegar la señal con lo que se señala.