

La separación del universo
«Por lo tanto, una relación es la correlación de un par de cualidades, una perteneciente exclusivamente a un individuo, y la otra exclusivamente al otro individuo. La correlación misma debe referirse a Dios como una de sus cualidades accidentales.»…»Para su filosofía (la de Descartes), «actualidad» significaba «ser una sustancia con cualidades inherentes»…»La noción de Descartes de una experiencia no esencial del mundo exterior es completamente ajena a la filosofía orgánica.» (De «Process and Reality», por A. N. Whitehead)
El axioma de localidad (junto con las transformaciones de Lorentz, «gauge invariance», la velocidad de la luz como límite y la conservación de la energía, entre otros – es curioso como todos estos supuestos son pasados por alto cuando se pretende convencer a los presupuestos de los países para invertir en aceleradores que quizá cumplan con cierto cometido de avance tecnológico, con argumentos de gran efecto como el descubrimiento de un Todo al que por definición es ajeno) es clave en la teoría de la relatividad, desafiado por David Bohm (condenado al destierro de los físicos por rozar un curioso misticismo, basado en fórmulas – y nos preguntamos si ese castigo no es una metáfora del que está destinado a los que heroicamente habitan dos orillas al mismo tiempo, desalojados tanto de la comprensión (demasiada intuición) como de la iluminación (demasiada fórmula)) y por muchos otros, relegados con más virulencia en proporción directa con los avances tecnologicos que la teoría permite (podríamos aventurar que la localidad no tiene en peligro su reino en la medida en que los esfuerzos sean enfocados en la perseverancia del ser, fenómeno sujeto al ámbito provinciano de lo a la mano, ejemplificado en cualquier comportamiento animal, que acalla la divergencia con rentabilidad, aunque más allá de sorprendentes desarrollos matemáticos, nos invade la duda de su autodeclarada originalidad porque podemos trazar sus orígenes a Descartes – o aún antes, Platón, o aún antes, desde un hipotético nacimiento del lenguaje, que nos hace pensar por carriles con palabras, a la misma altura de los construidos entre nuestras neuronas (y lo que perdura del lenguaje está sujeto igualmente a Darwin), con su taxativa diferenciación entre individuos conectados inefablemente por Dios – una consecuencia de aquella separación es la necesidad irremediable de algo que una -, que vaticina grandes dificultades cuando pretendemos, en un golpe de timón en el que tenemos infundadas esperanzas, ligarnos a cada uno de nosotros, a todo el Universo.