

La soledad mágica
«Pero aún esto, aparece algo incompleto porque la posesión de la virtud parece realmente compatible con estar dormido o con inactividad de por vida, y además con las más grandes miserias y sufrimientos; pero un hombre que viviera así, nadie podría llamarlo feliz, a menos que estuviera manteniendo una tesis a toda costa.”…»Sin embargo tal vez se pensaría que es mejor, más aún, que es nuestro deber, en aras de mantener la verdad, incluso destruir lo que nos toca de cerca, especialmente porque somos filósofos o amantes de la sabiduría. Porque si bien ambas son queridas, la piedad nos exige honrar la verdad por encima de nuestros amigos.» (De “Nicomachean Ethics” por Aristóteles)
Las traducciones siempre despertarán controversias acerca de quien la hizo mejor basados en la autoridad que otorgan, cátedras prestigiosas (que, a su vez deben, su prestigio a los profesores que son respetados justamente por ser parte de esos claustros en un círculo social que al fin del día es la base de todo) o en asociaciones que dividen a los autores (aunque en el caso, que nos ocupa, Aristóteles no es autor) el antes y el después – encontramos al «1er Wittgenstein» o al «2ndo Heidegger» o al «1er Lacan», etc – en clasificaciones siempre arbitrarias que otorgan cierto halo de supuesto saber y es por eso, que preferimos quedarnos con el párrafo quizás haciendo lo que todos hacen pero que esconden hasta de sí mismos, esto es, forzando al texto a decir lo que nuestra intuición – que nos acompañará por siempre al menos que alguna especie de milagro cambie nuestra percepción – exige, en este caso obligándonos a sorprendernos por la consideración de la virtud (recordemos que en los párrafos anteriores se nos habla de esa virtud destinada a despertar honores de los otros) como vacía a menos que la ejerzamos «a toda costa», es decir, con independencia de consecuencias (que siempre reportarán sufrimiento, de una u otra manera) que junto con la cita nos hace recordar a Confucio por su oposición diametral recomendando la verdad por sobre nuestros amigos (concepto que podemos extender, a hijos o padres) cuando el sabio chino nos invitaba a dejarlo todo por nuestras relaciones (recordamos nuevamente su consejo de encubrir a un hijo si hemos sido testigos de la comisión de un crimen de su parte) y caemos en la fascinación de creer advertir, como un fantasma desprendido de nuestro propio relato, una suerte de similitud entre las dos soluciones antagónicas, a saber, la persecución obsesiva de premisas desprendidas a las que se concede poderes casi mágicos (como los que tienen el Enchiridion o el Hagakure) por el solo hecho de presentarse en una soledad que admiramos.