La suerte

Screenshot
Screenshot

La suerte

«Es imposible o no fácil hacer actos nobles sin el equipo apropiado.”…»el hombre que es muy desagradable de apariencia o mal llevado o solitario y sin hijos no es muy probable que sea feliz. «Si la felicidad es de ser adquirida por aprendizaje o por habituación o alguna otra clase de entrenamiento, o viene en virtud de alguna providencia divina o nuevamente por azar.” …»Confiar al azar lo que es lo más grande y lo más noble sería un ordendefectuoso.” …»Porque es requerido, como dijimos, no solamente una virtud completa pero también una vida completa, dado que en la vida ocurren muchos cambios y todas las formas de suerte, y el más próspero puede llegar en gran miseria en edad avanzada.»  (De “Nicomachean Ethics”, por Aristóteles)

Hacer depender a la ética de los vaivenes del azar está cerca de destruir cualquier intento deontológico – en primer lugar deberíamos ser elegidos, lo que además de quitar todo mérito desanimaría a los que creen haber quedado afuera (similar a la soteriología protestante, determinada desde la eternidad — aunque salvada por obra de nuestra ignorancia mezclada con el deseo de ser los elegidos, que provoca que actuemos «como si» nos estuviera reservada la salvación) – pero al mismo tiempo nos sumerge en un gran problema que resumidamente consiste en conciliar la posibilidad generalizada del comportamiento correcto con los requerimientos mínimos para lograrlo (Aristóteles nos dice que solo nuestra humana actuación en la Polis es capaz de convertirnos en felices, excluyendo (y aquí, extrañamente, su lista es reducida a los caballos y a los niños — lo que demuestra que el miedo a la cancelación existía también en su tiempo) en principio a los que no cuentan con el equipamiento mínimo genético y social, porque a pesar del esfuerzo por democratizar la propuesta, si la suerte no interviene a la manera de un don (con dioses como intermediarios o sin ellos), ser entrenados en requisitos indispensables erige de inmediato las correspondientes barreras para no exagerar en la apelación a otros reinos – podemos admitir que un caballo no puede ser feliz (habrá algunos que la frontera la marquen en los perros y otros más audaces en lechugas), cualquiera sea la vara que inventemos, porque apenas postulamos la limitación de un niño, se produce una avalancha imparable de privilegios, revelando que la verdad del mérito es el mismo azar en su forma más siniestra (parece cierto que el sujeto recibe del otro su propio mensaje invertido, como enseñó Lacan), lo que nos lleva a pensar que quizás la suerte tenga un protagonismo extremo que todos resistimos a aceptar y que gobierna desde lo básico de la evolución hasta lo más excesivo, como es nuestra propia felicidad.