La superficie instantánea

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La superficie instantánea

«Me parece no imposible evitar estas absurdidades y contradicciones (de la razón) si se admite que no existen ideas abstractas o generales, propiamente hablando; sino que todas las ideas generales son en realidad particulares, adjuntadas a un término general que evoca, en ocasiones, otras particulares que se asemejan, en ciertas circunstancias, a la idea presente en la mente.»…»Porque aquí está la objeción principal y más desconcertante a un escepticismo excesivo, que ningún bien durable puede resultar de él.”…”Un Copernicano o Ptolemaico que apoya cada uno su diferente sistema de astronomía, puede esperar producir una convicción que permanecerá constante y durable en su audiencia. El Estoico o Epicúreo muestran principios, que pueden no ser duraderos, pero que tienen un efecto en la conducta y el comportamiento. Pero el Pirroniano no puede esperar que su filosofía vaya a tener una influencia constante en la mente, o si la tuviera, que su influencia sería beneficiosa para la sociedad.» (De «An Enquiry Concerning Human Understanding», por D. Hume)

Quizás la belleza del texto atroz del “herem” (decreto de la sinagoga de Ámsterdam, excomulgando a Baruch Spinoza en 1656) radique en la instalación inmediata de una compleja relación entre víctima y victimario, unidos para siempre en un abrazo mortal, como si los contrincantes murieran unidos abrazados por el fuego creado por ambos, dibujando una doble vía en donde se suponía un mensaje con una sola dirección, fenómeno que parece reaparecer en esta crítica al escepticismo, tan maravillosamente descripto que se transforma en un juego de identificaciones y proyecciones (de paso sea dicho, esenciales para el psicoanálisis de Freud, en donde la transferencia — el hombre de las ratas viendo en él a su padre — permite un curioso desdoblamiento que habilita la manipulación desde afuera, como el trabajo de un cirujano sobre el corazón extraído del cuerpo mientras el artificio de un dispositivo continúa con la circulación de la sangre), que le permiten a Hume hacerse preguntas sin riesgo de daño para él mismo, endilgándole a Pirrón una supina inutilidad (reconociendo que parte de su propio terreno al ver solo adyacencias de cosas y palabras con el solo pegamento que la costumbre adjudica), incorporando una prótesis teleológica como el bien social, bien abastecido por Copernicanos y Ptolomeicos (y es interesante cómo ambos sistemas, aunque opuestos — y en ciencia debería reconocer a uno de los dos como falso y descartarlo —, se salvan por su capacidad de convencer a una audiencia, cualquiera fuera el contenido), o por Estoicos y Epicúreos que — solo en una lectura también controversial — rebosan de manuales y consejos, de los que el Pirroniano abjura («toda vida humana ha de perecer donde sus principios prevalezcan universal y constantemente»), pero cuya siniestra señal es exorcizada finalmente, después del ir y venir que su laberinto provoca, por la indeseada abolición de la razón generalizadora, quedando solo una superficie ciega de contactos instantáneos.