

La traducción imposible
«De esto podemos entender como la consciencia de esta facultad de la razón pura práctica produce por la acción (virtud) una consciencia de dominio sobre las propias inclinaciones y por lo tanto de independencia de ellas, y consecuentemente también del descontento que siempre las acompaña, y entonces una satisfacción negativa con el propio estado, ie. satisfacción, que es primariamente satisfacción con la propia persona. ..; y entonces, al menos en su origen, este goce es análogo a la autosuficiencia que solo podemos ascribir al Ser Supremo.» (De “The Critique of Practical Reason”, por I. Kant)
«En este punto la herencia triunfó sobre la experiencia accidental; en la prehistoria de la raza humana era ciertamente el padre quien llevaba adelante la castración como castigo … Es posible que un precipitado de la historia cultural de la humanidad se encuentre en estas reacciones y conexiones [entre incontinencia urinaria y fuego] que llegan más allá que cualquiera de las rastas conservados en mitos y folclore.» (De “The Wolfman”, por S. Freud)
Con más frecuencia de lo esperado por cierta afición a una putativa objetividad, los libros se escriben enredados en un sesgo de confirmación, necesario para la disciplina que de una u otra manera defienden, del que no pueden escapar si pretenden un eco editorial que no puede (ni debe) prestar atención a un abordaje no-sistémico que no agregue nada a la práctica en cuestión, pero todo al precio del encaje (en el sentido bancario de inmovilización del circulante) del pensamiento fenómeno que vemos en flagrancia en los exégetas de Freud, fundadores (o seguidores) de ramas que se disputan legitimidad en el mercado parapetadas en la abundancia de abordajes de su prolífica producción que les facilita la selección para sus molinos (hay acá algo de la maravilla de los rizomas de las que no están exentas las matemáticas), tapando con las manos, por ejemplo, la influencia de lo genético en el inconsciente (acercándose peligrosamente a los temidos arquetipos ancestrales de Jung) que vuelve a poner en primer plano a Kant y su afán de dominio de las inclinaciones, hundidas en un mundo bruto de apariencias bendecidas por el toque nouménico que las disipa, como una gota de antibiótico en una sopa de bacterias, que permite el goce inesperado de la libertad, como si la oposición al torrente provocado por la perseverancia de la vida diera lugar a ese gesto heroico que se contradice a sí mismo (la evolución, ajena a Kant, en un bucle que llega al cenit de la autofagia con el advenimiento de la razón), que pone en escena a eso que está más allá del conocimiento y de lo que por lo tanto no se puede hablar, enfrentado con la vida y por lo tanto con el principio del placer al que Freud deberá encontrar más adelante su feroz contrapartida que pondrá en aprietos al lema «Wo Es war, soll Ich werden» — («donde estaba el ello debe estar el yo»), derribando definitivamente una traducción imposible.