

La vacilación
«… no es de extrañar que a todas las acciones que comúnmente se llaman malas, les siga el dolor y a las que se denominan correctas, les siga el placer. De lo que se ha dicho, podemos deducir fácilmente que esto depende en gran medida de la educación. Los padres, al reprobar la primera clase de acciones y al reprender con frecuencia a sus hijos por ello, y también al persuadir y elogiar la segunda clase de acciones, han conseguido que la primera se asocie con el dolor y la segunda con el placer. Esto lo confirma la experiencia. Pues la costumbre y la religión no son iguales para todos los hombres sino lo que algunos consideran sagrado, otros lo consideran profano, y lo que algunos consideran honorable, otros lo consideran vergonzoso.» (De “Ethics”, B. Spinoza)
«To know just how He suffered – would be dear –
To know if any Human eyes were near /
To whom He could entrust His wavering gaze –
Until it settled broad-on Paradise –
To Know if He was patient ~ part content – /
Was Dying as He thought – or different –
Was it a pleasant Day to die –
And did the Sunshine face his way – /
What timings – what transport – /
What seal – of bliss – or doubt –
What hours in fleeting – memory –
Would rescue – or afflict.» (126, Emily Dickinson)
Lo que siempre luce en la primera impresión de una obra, es un conjunto de moralejas moralizantes, como si hubiera una reacción instintiva al descubrimiento de una guía (fenómeno al que también se puede adjudicar el éxito de los manuales de autoayuda – y es tan profunda esta avidez que es capaz de convertir hasta al mismísimo Pirrón en una fuente de consejos), como la que se produce al ver el film “Escándalo” (A. Kurosawa), que deja el plato servido para evitar la búsqueda de la quinta pata del gato – siempre latente y fantasmal para el que tenga el coraje – al presentar a la inocente pareja de celebridades (cantante famosa y pintor que ve a las montañas rojas, contrariamente a sus testigos ocasionales que intentan sin éxito corregir su percepción que se convertirá en arte en la medida en que sostenga su idea) acusada ferozmente de un affaire socialmente inaceptable solo para monetizar una primicia en la que el editor Hori ve ya el origen de una riqueza incalculable, y al débil Hiruta, el abogado que se ofrece a llevar el caso, aquejado por vicios que lo obligan a la traición, mucho más notable por el marco que le otorga la supuesta virtuosidad de su pequeña hija Masako, postrada con una tuberculosis terminal, que resalta la monstruosidad de los actos de su padre, al que sin embargo, Aoye, el pintor, le otorga el pleno manejo de sus asuntos como si estuviera interesado en perder el caso, quizás reconociendo que la verdad de su supuesta inocencia está en las mismas acusaciones apócrifas de la revista, que desnuda su amor por la cantante, en una inversión a la que también responde Hiruta y su hija (su virtud está originada en la educación del vicio), eliminando todo juicio, iluminando el momento en que vibramos por solo convertirnos en el otro en el instante de su vacilación.