

La vacilación
«Él (el caballero de la fe) conoce la dicha del infinito, siente el dolor de renunciar a todo, a las cosas más queridas que posee en el mundo y, sin embargo, la finitud le sabe tan bien como a alguien que nunca supo nada más alto, porque su continuidad en lo finito no lleva ninguna traza del temible espíritu producido por el proceso de entrenamiento; y sin embargo él tiene ese sentido de seguridad al disfrutarlo, como si la vida finita fuera la cosa más segura de todas.»…»Él renunció a todo infinitamente y luego lo tomó todo otra vez por virtud del absurdo.»…»Pero cada vez que se caen (los bailarines), no son capaces de asumir la postura de inmediato, vacilan un instante, y esta vacilación muestra que, después de todo, ellos son extraños en el mundo.» (De «The Kierkegaard Collection»)
Vemos a menudo una contraposición marcada entre lo sublime y lo mundano (basta advertir el tratamiento de supuestas elites a la cultura popular – que dicho sea de paso, solo responde a diferenciaciones sociales generadoras de dominio, fuera de cualquier intento esencialista – ( y es sintomático escuchar discursos discriminadores aparejados con flagrantes intentos de tiranía)), como si hubiera naturalmente escalas de virtud medibles cuyas consecuencias deberíamos trazar (la razón de este hilo no habría que buscarla en la posible genealogía y prospectiva de los textos -¿quien puede definir hacia adonde irán las letras? – sino como continuidad de una cadena capaz de inesperados resultados), como por ejemplo, la de congelar de una vez y para siempre los discursos (¿podemos imaginar qué sería del psicoanálisis? – aunque es bueno aclarar que muchos festejarían su desaparición), declarando nulo el maravilloso intento de Pierre Menard, que con imperceptibles movimientos nos permite atestiguar la verdad de la afirmación que lo despega definitivamente del Quijote de Cervantes, negando, en definitiva, esos escasos pero increíbles momentos en que un hecho cotidiano y banal se convierte en un acontecimiento único que nos devuelve al mundo después de un viaje infinito – y aquí ya nos hemos desprendido del Caballero de la Fe, que a esta altura es solo (y nada menos) que una metáfora, en donde aparece la maravillosa imagen de la vacilación, casi a la manera de la filmación que hace temblar al fotograma (que ya no es fotograma), como si en un tiempo inmedible la figura se desprendiera de sí misma e intentara coincidir nuevamente a velocidad infinita, abrazando al mundo después de un extrañamiento extremo, para volver a comenzar el insólito proceso.