

La varilla de plata
«Para trabajar el hierro se necesita el martillo y el martillo no puede estar disponible a menos que haya sido fabricado; pero para fabricarlo fue necesario otro martillo y otras herramientas y así sucesivamente hasta el infinito. Podríamos entonces vanamente dedicarnos a demostrar que los hombres no tienen la capacidad de trabajar el hierro.»…”Gradualmente montados sobre las más simples operaciones a la fabricación de herramientas, y a la fabricación de herramientas más complejas y nuevas proezas de la mano de obra, hasta llegar a fabricar complicados mecanismos. De manera similar el intelecto por su fuerza natural, se fabrica para sí mismo instrumentos intelectuales mediante los cuales adquiere fuerza para realizar otras operaciones intelectuales… o el poder de empujar las investigaciones más allá, y entonces gradualmente proceder hasta alcanzar la cumbre de la sabiduría.» (De “On the Improving of the Understanding”, Spinoza)
«Sabe el águila lo que hay en el foso! ¿O irás a preguntarle al Topo: se puede encerrar la sabiduría en una varilla de plata? ¿O el Amor en un cuenco de oro?» (De “The Complete Illuminated Books”, William Blake)
«Mi gorjeo y aleteo entre los arbustos y ramas es la máxima forma de volar! Así que ¿a dónde cree él que va? Tal es la diferencia entre lo grande y lo pequeño.» (Zhuangzi)
Si bien inspirada en el Rey Lear, la tragedia de Ran (película de A. Kurosawa) es más Shakespeare que el original (cuestión que no debería sorprender después de la experiencia de Pierre Menard escribiendo un Quijote sustancialmente mejor que el de Cervantes, aún con palabras idénticas), con Goneril y Regan reemplazados por Taro y Jiro que ofrecen el flanco de la influencia hipnotizadora de brujas que diseñan venganzas inescapables que no pueden neutralizarse aún en su exhibición a luz del día, con un único sobreviviente ciego en el medio de la nada (Ran es entonces Lear, Macbeth y Edipo a un tiempo), aboliendo de plano la posibilidad de un conocimiento liberador, relegándolo al humilde papel de una narración impotente, al que Spinoza se resiste, aún desenmascarando su actividad como un regreso al infinito que lo empuja a un fin puramente pragmático (el sin fin de las herramientas no impide que el hierro pueda deformarse), argumentos que son olvidados de inmediato para posibilitar esa cumbre de la sabiduría (que no es permitida en un universo de relaciones y comparaciones sin principio y sin fin que Hume develó hasta llegar a la lógica consecuencia de un escepticismo que solo intentó mitigar), y que pretende rescatar de los peligros de un misticismo que no para de acechar, mostrando a cada paso las caídas de una razón que vuelve una y otra vez con heroísmo sordo, ligando proposiciones, axiomas y algoritmos, tan expuesta a la tormenta que precisa del dogmatismo para existir, como si una humildad manifiesta la condenara definitivamente, pequeña filtración en un dique, que preanuncia el resquebrajamiento de todo, que se trata de impedir a toda costa, aún intuyendo que aquella sabiduría no puede, de ninguna manera, entrar en una limitada varilla.