La verdad de la apariencia

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La verdad de la apariencia

«La carga es el caracter cuantitativo de ciertos even­tos debido a la ingresión del electrón en la naturaleza. El electrón es todo su campo de fuerza. Es decir, el electrón es la forma sistemática en la que todos los eventos se modifican como la expresión de su in­gresión.»…»Por otro lado, la ingresión de cada elec­trón en la naturaleza modifica en cierta medida el caracter de cada evento. Por lo tanto el caracter de la corriente de eventos que estamos considerando lleva marcas de la existencia de cualquier otro electrón del universo. Si queremos pensar en los electrones como simplemente lo que llamo sus cargas, entonces las cargas actuán a distancia.»…»Esta concepción de una carga que actúa a distancia es totalmente artificial. La concepción que más expresa plenamente el carac­ter de la naturaleza es la de cada evento modifica­do por la ingresión de cada electrón en la naturale­za.» (De «The Concept of Nature», por A. N. Whitehead)

Estamos en el medio de lo que Einstein, oponiéndose al «entanglement» de la mecánica cuántica, definió como «spooky action at distance» – «acción fantasmal a distancia» – que intenta quitarle toda verdad a aquel efecto que, dicho sea de paso, continúa dando dolores de cabeza, profundizados por la ecuación de Schrodinger, que según Penrose, hasta él mismo consi­deraba ridícula, habida cuenta de la situación incierta de su gato que diera lugar a la proliferación de mundos en la que algunos creen (debemos también ser prudentes aquí porque la paradoja EPR-Einstein/Podolski/Rosen tiene sus propios supuestos como el límite de la velocidad de la luz para la comparación de eventos, en si misma arbitraria y ajustada a los algoritmos de la teoría), porque Whitehead nos sitúa en un universo ajeno a las partículas (el electrón es otro objeto resul­tado de la intersección en planos fuera de tiempo de di­ferentes “elementos abstractivos» que colisionan con otros cogradientes formando el plano que los congela), pleno de campos de fuerza, por fuera también de todo antro­pocentrismo (la naturaleza no está sujeta a los ca­prichos idealistas de nuestra mente – todos los ob­jetos «coalescen» y hacen coalescer por el mismo principio, ahogados en una naturaleza que empuja, única capaz de explicar la impredecibles configura­ciones que nos esperan y que hila los planos inmóviles en donde los objetos aparecen, inocentes de su origen, creyendo y defendiendo una identidad ilusoria pero a la vez real, en un mundo de apariencias que ha dejado de ser secundario para convertirse en el protago­nista de un desenrollado que solo podemos vislumbrar mágicamente si se nos concede la gracia.