

La verdad de la fantasía
«Podemos observar que el mismo efecto de la poesía en menor grado, solo con la diferencia de que la mínima reflexión disipa la ilusión de la poesía y coloca el objeto en su verdadera luz. Es sin embargo cierto que en el calor de un entusiasmo poético, un poeta tiene una creencia ficticia e incluso una especie de visión de sus objetos. Y si hay alguna sombra de argumento para apoyar esta creencia, nada contribuye más a su plena convicción que el juego de figuras e imágenes poéticas que tienen su efecto tanto en el propio poeta como en sus lectores.» (De “A Treatise of Human Nature”, por D. Hume)
«El principio de realidad constituye la instancia que impone al yo una disciplina de satisfacción, obligándolo a modificar sus demandas según las posibilidades concretas que le ofrece el mundo externo…» (De “Más allá del principio del placer”, por S. Freud)
«La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; solo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.» (De “Emma Zunz”, por J. L. Borges)
La poesía — y en realidad toda forma que desprenda arte, en una definición extremadamente confusa, que la desaloja de la discusión apenas comenzada, como si nunca se alcanzara a formar el plano en el que pueda conversar— siempre ha insistido en el medio de lo que podría describirse como ensañamiento, como lo que se ejerce sobre aquello que supuestamente conserva un secreto que no está dispuesto a compartir, nunca ignorada pero siempre degradada (basta pensar a Platón con su «arte de la imitación» frente a la solidez de las matemáticas — a Sócrates lo hará mutar desde un inicio prometedor, solo porque en el interín creyó convertirse en un experto en aquella disciplina, desbaratando la fluidez que asomaba), contrarrestada siempre sobre una putativa realidad, recuperada por Hume en su fenomenología que lo salva del escepticismo que igualmente no puede dejar de mirar de reojo — rescatado por el hecho afortunado que el fuego quema y que no es necesario ni posible saber más —, construida de una manera endeble por el entendimiento, capaz de discernir que el tamaño de un objeto a 20 pies es el mismo del que está ahora a 10 pies (falacia que Descartes desafió con su demonio), debilidad que le alcanza para vencer a la fantasía que ineludiblemente pierde fuerza, alejada cada vez más de esa percepción olida, tocada, vista, oída, gustada, única con la energía suficiente para creer en la existencia de las cosas, cercana a ese principio de realidad, encargado de hacer volver a los carriles correctos que sin embargo deben reconocer su misma labilidad probabilística (nadie puede asegurar volver a ver salir el sol mañana), conformándose a un frágil hábito con la sola virtud de ser compartido por la mayoría (razón por la que los manuales de nosología psiquiátrica son tan útiles), que puede no comprender por qué puede haber una sonrisa sin gato o una verdad deslumbrante en la más increíble de las historias.