La verdad performada

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La verdad performada

«Hay tantas medias luces y cruces de luces, tan­to del color de la mitología, y de la forma de adhesión de la sofistería-La retórica y la poesía, lo lúdico y lo serio, están tan sutilmente mez­clados en ella, y los vestigios de la filosofía antigua se mezclan tan curiosamente con gérme­nes del conocimiento futuro, que no es de esperar un acuerdo con los intérpretes. La expresión ‘poema magis putandum quam comicorum poetarum ‘, que se ha aplicado a todos los escritos de Platón, es especialmente aplicable al simposio.» (De la Introducción al Simposio de Platón, por B. Jowett)

Aún nos compete a un esfuerzo adicional el entender la causalidad como hábito, intriga a la que nos arrojó Hume, al centro exacto de nuestras certe­zas (¿no es la causalidad el nexo que pega to­da teoría física, aún más imprescindible que la continuidad del espacio-tiempo, uniendo bajo su dominio no solo a la relatividad sino también a su irreconciliable opositor cuántico?¿no es tam­bién lo que enlaza a las ciencias con el sentido común?¿no es, en definitiva, lo que da sentido a nuestro diseñado universo utilitario del que nos impide salir?), porque no hay evidencia más fir­me que el efecto del golpe de la bola de billar con el que convivimos a diario, que se abroquela para negar la posibilidad que todo no sea más que un espejismo etológico en el que el cerebro, a diferencia de las categorías kantianas, que lo tienen como legislador de una realidad caótica, solo es un esclavo más de las mismas interacciones que le hacen encontrar a la hormiga su hormiguero, obligado a acentuar caminos neuronales (extensi­bles a cualquier otro tipo – ¿no encontramos acá algún eco en la idea de la menor acción, transfor­mada en geodésicas en su aparición más sofisti­cada pero igualmente básica?) que construyen paso a paso su propia fortificación, impidiendo cada vez más los movimientos, como esos nudos proyectados para fortalecerse en la medida en que se intenta la liberación, iluminando el intento Socrático que consiste en equipar en el campo de batalla a su aparente contricante plegándose al artificio de la performatividad, renunciando al juicio a la vez que lo emplea, mezclando el rigor con la sofistería, lo místico con la filosofía, convencido que solo nos es per­mitido mostrar la verdad en su destello.