Las grietas

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Las grietas

«… juzgando acerca de las acciones de los hombres debemos proceder sobre las mismas máximas como cuando razonamos en lo concerniente a objetos externas. Cuando cualquier fenómeno está constantemente e invariablemente unidos juntos, ellos adquieren tal conexión en la imaginación que pasa de uno al otro, sin ninguna duda o vacilación. Se acepta comunmente que los locos no tienen libertad. Pero si juzgáramos por sus acciones, estas tienen menos regularidad y constancia que las acciones de los hombres sabias y consecuentemente están más lejos de la necesidad.» (De “A Treatise of Human Nature”, por Hume)

«Con respecto a la génesis de los delirios, algunos análisis nos han enseñado que el delirio surge precisamente en aquellos puntos en los que se ha producido una solución de continuidad en relación del yo con el mundo exterior. Pero en esta situación, aparentemente sencilla, introduce una complicación la existencia del super-yo que reúne en sí en un enlace aún impenetrado, influencias del Ello y otras del mundo exterior.» (De “Neurosis y psicosis”, por Freud)

«Entonces ocurrió lo que no puedo olvidar ni comunicar. El éxtasis no repite sus símbolos: hay quien ha visto a Dios en un resplandor, hay quien lo ha percibido en una espada o en los círculos de una rosa.» (De “La escritura del Dios”, por Borges)

Lo curioso de Inland Empire (película de David Lynch) es que en las metamorfosis inesperadas y sin control de la protagonista —que es una rica estrella de cine, una prostituta, una fiel esposa y una amante infiel todo a un tiempo— es que la solución de continuidad de cada escena que debería provocar el total desbaratamiento de la comprensión y con ello un profundo desconcierto, se convierten sorprendentemente en gérmenes de ideas, como si la ablación de las expectativas que cada fotograma debería producir interviniera en la creación de otros mundos, oscurecidos por el deslizamiento esclavizante de la contigüidad, semejanza y causalidad humana, que equipara a cada emoción con las vicisitudes de una bola de billar, asfixiadas ambas por la manipulación de una mente a la que no le es permitido el ingreso a ningún misterio, condenada a surfear sobre la superficie sin profundidad y a caer rendida a las relaciones que hablan por ella, que insólitamente ubica a los locos en el espacio de libertad, desligados de ataduras y ajenos a cualquier anticipación (casi un antecedente de la locura romántica, que lo reconvierte a otros yugos de un lenguaje de otra dimensión que se empeña en mensajear), convertido en patología por la psiquiatría a la que Freud ascribe, obligándolo —a pesar de la simpleza que él mismo dice ver en el mecanismo— a postular un zafarrancho para justificar el pasaje de energías que lo rodean por todos lados, con inconscientes que reprimen inconscientes (el Super-Yo como inconsciente aliado al afuera imponiendo sus máximas a las desenfrenadas pulsiones), aproximaciones que exilian la posibilidad de experiencias que de todas maneras sobrevienen en cualquiera de los infinitos símbolos que la realidad abandona en sus grietas.