

Las mónadas con ventanas
«No hay ninguna impresión interna que tenga relación con el asunto presente, salvo esa propensión que la costumbre produce de pasar de un objeto a la idea de su acompañante habitual. Esta por lo tanto, es la esencia de la necesidad. En resumen, la necesidad es algo que existe en la mente, no en los objetos; ni es posible que formemos la idea más distante de ella, considerada como calidad en los cuerpos. O no tenemos idea de necesidad, o la necesidad no es más que la determinación del pensamiento de pasar de causas a efectos y de efectos a causas, según su unión experimentada.» (De “A Treatise of Human Nature”, Hume).
«La existencia de semejante instancia susceptible de tratar al resto del yo como si fuera un objeto, o sea, la posibilidad de que el hombre sea capaz de autoobservación, permite que la vieja representación del ‘doble’ adquiera un nuevo contenido y que se le atribuya una serie de elementos; en primer lugar, todo aquello que la autocrítica considera perteneciente al superado narcisismo de los tiempos primitivos.» (De “Lo siniestro”, por Freud)
«A medida que transcurren los años, todo hombre está obligado a sobrellevar la creciente carga de su memoria. Dos me agobiaban, confundiéndose a veces: la mía y la del otro, incomunicable.» (De “La memoria de Shakespeare”, por J.L. Borges)
Los intentos dogmáticos se apoyan con cierta frecuencia en la innobleza de la especialización, particularmente en matemáticas (los físicos con sus geometrías híbridas que toman y dejan a Euclides según convenga a la hoja que tienen a la vista, Meillassoux utilizando a un Cantor que a esta altura está sustancialmente desvalorizado, solo para citar dos disciplinas aparentemente alejadas — y a veces jugando a ser opuestas — que abrevan en la misma fuente de validación), probablemente por la escasez de pensamiento crítico en un terreno que la mayoría no tiene interés en transitar (lo que hace aún más despreciables esos intentos de fundamentación), enalteciendo la horizontalización absoluta de Hume, moviendo todo en el mismo plano de la impresión que tiene la fantástica característica de modificar su propia recepción (como aparece con evidencia en los modelos de aprendizaje de IA, en donde la misma matriz de ingreso y procesamiento se altera) reformando permanentemente los patrones de reacción de las cosas (las propensiones humanas equiparables en plasticidad a la de los cristales, a la de las partículas, a la de las ondas, a la de las cuerdas, a la fotosíntesis), en el desenvolvimiento que Freud vio más allá de un darwinismo extremadamente limitado que bajo esta luz nada significa en una tautología recalcitrante (la supervivencia del más apto queda despojada de todo parámetro de evaluación, ahogada en una dinámica que no cabe en el entendimiento), en el relato de una película que no tiene reposo y que refleja procesamientos de universo únicos (que despierta cierta analogía con las perspectivas de las mónadas leibnizianas) que paradójicamente descartan soluciones mitológicas generales (el doble ya no es el padre, los ojos ya no se equiparan con la castración de Edipo) y que devuelven una nueva relevancia a la memoria, ese espacio maleable que nunca será igual, repleto de una creatividad formidable, aboliendo la posibilidad de ser Hermann Soergel y Shakespeare al mismo tiempo.