

Las plumas
“Nota: de aquí se deduce que las emociones de los animales que se denominan irracionales porque después de conocer el origen de la mente no podemos dudar de que los brutos sienten solo difieren de las emociones del hombre en la medida en que la fuerza bruta difiere de la naturaleza humana. Tanto el caballo como el hombre se dejan llevar por el deseo de procrear; pero el deseo de los primeros es equino, el deseo del segundo es humano. Del mismo modo, los deseos y los apetitos de los insectos, los peces y las aves deben variar según las distintas naturalezas. Por lo tanto, aunque cada individuo vive contento y se regocija en esa naturaleza que le pertenece, en la que tiene su ser, sin embargo, la vida en la que cada uno está contento y se regocija, no es más que la idea o el alma de dicho individuo y por lo tanto la alegría de uno solo difiere en naturaleza de la alegría de otro, en la medida que la esencia de uno difiere de la esencia de otro. (De “Ethics”, B. Spinoza)
“And then hopped sideways to the wall / To let a Beetle pass – / He glanced with rapid eyes / That hurried all abroad – / They looked like frightened Beads I thought / He stirred his Velvet Head – / Like one in danger, Cautious / I offered him a Comb / And he unrolled his feathers / And rowed him softer Home” (328 Emily Dickinson)
El primer adiós es el de Antonio (“Tre ciotole” de O. Coexit) derivadas de la oscuridad y confusión que le impide reconocer el amor que permanece intacto por Marta que ejecuta el segundo adiós a Antonio con la misma ceguera de todos y cada uno — las decisiones de Silvia, su hermana y Agustín, su incipiente amante no son excepciones — reservando el tercer adiós a la inevitabilidad de su muerte, todos creyendo actuar por motivos que tarde o temprano, se ilusionan con comprender, encerrados sin embargo en una tiniebla fundamental detectada por Spinoza, sin posibilidad de ayuda (la esencia de uno está tan alejada del otro como la del caballo o una piedra), condenados a un acopio que jamás será suficiente (con un inventario de causas imposibles de abarcar y aún menos de recordar), con un atisbo de consuelo en nociones comunes que se derrumban mucho antes de poner orden al borboteo divino que algunos solucionan apelando a la esperanza de una Teoría del Todo — en contrario a la diversidad abrumadora de matemáticas y físicas — de la que Spinoza claramente abjura, desgranando ese paso abismal que haría ver todo como una danza sujeta a una ley inefable, a la contradicción de una expectativa sin futuro, porque cualquier promesa instaura una asintota por definición inexistente (quizás cada línea que se agrega, rememore los esfuerzos de definición del Dao, o del flujo, o la justificación del arrojado de los tallos de milenrama del I Ching), generadora automática del objeto de un anhelo y cuya abolición deja abierta la chance de ese pliegue en el que la beatitud aparece inesperada, como quien desarrolla sus plumas convencido y sin poder evitarlo.