

Less than nothing
«La ley moral determina en primer lugar la voluntad objetivamente y directamente en el juicio de la razón; y la libertad, cuya causalidad solo puede ser determinada por la ley, consiste precisamente en esto: que restringe todas las inclinaciones y consecuentemente la auto-estima, mediante la condición de obediencia a su ley pura. Esta restricción… frena la actividad del sujeto, en la medida que está determinado por inclinaciones y por lo tanto frena la opinión de su valor personal (que, en ausencia de acuerdo con la ley moral, se reduce a nada). En una palabra, es respeto por la ley y por lo tanto, como su causa es intelectual, un sentimiento positivo que se puede conocer a priori.» (De «The Critique of Practical Reason» por I. Kant)
«La idea compulsiva ha sido descartada con éxito la primera vez y ahora regresa en una forma disfrazada en la que no es reconocida, de modo que quizás pueda mantenerse más eficazmente en la lucha por deshacerse de ella, precisamente como resultado de ese disfraz.» (De «The Ratman» por S. Freud)
Hay, en principio, una dudosa necesidad lógica que susurra una putativa función de la razón que consiste en apartarse de los brutos (aferrado a la premisa de que la evolución —o Dios— no hacen nada en vano, con el detalle no menor de juzgar la dirección desde el provincianismo de la propia razón, en una velada petición de principio), partir de su oposición a las inclinaciones que solo persiguen el placer y huyen del dolor, desde complicados circuitos fenomenológicos (posiblemente derivados del instinto de supervivencia y sus exaptaciones) que, como consecuencia, tiende a anular al sujeto que paradójicamente se encuentra desprovisto de todo valor antes de su intervención, como si hubiera que reduplicar la nada de los brutos para lograr una conversión que al tiempo que humilla, realza, generando esa sensación huidiza del respeto a lo que excede al mundo, que contagia al sujeto de un valor que no tenía (pero no estamos otra vez en el inescapable terreno de los motivos?), al precio, según Freud, de otras irrupciones, no menos dictatoriales que la ley moral, que no paran de disfrazarse en un teatro sin fin, como ahogados que levantan su mano para testimoniar existencia, jugando a los escondites con una razón que ahora se muestra esclava de no-sabe-qué, poniendo en duda sus propios incentivos (¿es el apego a la ley moral una nueva máscara?), como si la primera nada epitomizada por los ‘brutos’ asaltara a la segunda ‘nada’ trabajosamente conseguida, obligada ahora a luchar por ser algo y contradecirse a sí misma, encerrada en una indecibilidad de inversiones, trazadas desde el mismo momento en que se propone el vaciamiento del mundo donde la razón, por más privilegios que se le otorguen, también vive, sujeta a determinaciones que la obligan, si es que quiere desafiar a los dictámenes de hierro, a convertirse en menos que nada.