

Lo grande y lo pequeño
«Al hombre orgulloso le interesan los honores. Sin embargo, también se comportará con moderación con la riqueza y el poder, con toda buena o mala fortuna, sea lo que sea lo que le suceda, y no se alegrará demasiado por la buena fortuna ni se sentirá demasiado afligido por la mala. Porque ni siquiera considera al honor como si fuera una gran cosa. El poder y la riqueza son deseables en virtud del honor (al menos, aquellos que lo tienen desean obtener honor a través de ellos); y para él, para quien aún el honor es una pequeña cosa, los otros deben serlo también. Por lo tanto los hombres orgullosos se piensan como desdeñosos.”… Él es uno que poseerá cosas hermosas y sin beneficio más que útiles y beneficiosas.» …»Porque el hombre que toma pocas cosas en serio no es probable que se apresure, tampoco el hombre que piensa en nada grande se emocione.» (De “Nicomachean Ethics”, por Aristóteles)
El orgullo requiere dimensionar correctamente las propias capacidades relacionadas a su vez con grandes cosas. No hay orgullo cuando nos consideramos incapaces de lograrlo, como tampoco lo hay cuando nos enfocamos a cosas de poca monta. Y presenta el problema de la autoevaluación (en principio se despierta a partir de la propia convicción previa a la ejecución del trabajo) y del arbitrario reconocimiento del otro, que propende a cierto aislamiento que tiene como resultado cierto desprecio hacia las personas y a las cosas, acercándose peligrosamente a la arrogancia (creemos ver en esta displicencia cierto eco estoico, escéptico de los reconocimientos) solo mitigada a la hora de poner en práctica las supuestas competencias que revelarán su verdad, enfrentándonos al dilema entre lo grande (aconsejado para forjar aquel sentimiento) y lo pequeño (resultado del escaso valor de las palabras y las cosas), con la obligación de no dejar de lado a ninguno de los dos (obviando al primero, corremos el riesgo de la humildad excesiva y escapar del segundo representaría un apego inconcebible para cualquier virtud que se precie de tal), dejando como opción el despliegue de la virtud como obra de arte (unas líneas más arriba Aristóteles hace este curioso comentario), que consiste en el intento doble y cercano a la hazaña (no requiere el arte de una valentía inusitada, actuando siempre entre lo sublime y lo ridículo?) de convertir a lo pequeño en inmenso (Deleuze ya nos guiaba por las literaturas menores – y es un hecho que al mostrar lo que en primera instancia es insignificante, invierte automáticamente su estado), esforzándose en las aptitudes como si las palabras y las cosas fueran valiosas y en el mismo momento reconocer su inutilidad – no podemos dejar de recordar a Wittgenstein –, tirar la escalera y callar.