Lo que no vemos

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Lo que no vemos

«Ahora bien alguien puede decir que todos los hombres desean el bien aparente pero no tienen, control sobre las apariencias, sino que el fin se presenta a cada hombre en una forma que responde a su carácter. Respondemos, que si cada hombre es de alguna manera responsable de su estado de ánimo, también será el mismo de alguna manera responsable de la apariencia; pero si no, nadie es responsable de su propia maldad sino que cada uno hace malas obras por ignorancia del fin, pensando que con ellas obtendrá lo mejor y el objetivo del fin no es elegido por uno mismo, sino que uno debe nacer con un ojo por así decirlo, para juzgar correctamente y elegir lo que es verdaderamente bueno.»  (De «Nicomachean Ethics» por Aristóteles)

Nuestra vida en sociedad, nos conmina a encontrar conceptos que sostengan el juicio al estilo del «yo» o de cualquier otro objeto — el «yo» como objeto entre objetos con entradas y salidas en permanente flujo, cada uno epítome del barco de Teseo — tarea heroica en un mundo de apariencias, (de las que el palo «partido» en el agua es solo el más simple de los ejemplos, que podríamos multiplicar hasta el doloroso convencimiento de la absoluta irrealidad de las cosas) — y aquí, Aristóteles se niega a la solución platónica que vislumbra el sol más allá de la caverna enfrentándose de lleno al problema que aquel atajo elude al precio del gobierno elitista de los Filósofos— que se presenta en su crudeza como todo lo que hay derribando todo a su paso, como un alud furioso que arrastra hasta a las mismas palabras que lo describen — la posibilidad de la descripción misma destruida —, despertando la genialidad más cercana a un ancla arbitraria que a una petición de principios, cuando la temida apariencia, que nos ubica a todos en un universo caótico y no compartido, es efecto de lo que a la vez es causa, sorprendida en su variabilidad que creía segura (dicho sea de paso, no está demás descubrir, detrás de los perpetuos cambios de forma el germen de una esencia que los contradice evidenciado cuando asistimos estupefactos a nuestra propia afirmación «Todo es cambio») por una apuesta que redefine la escena postulando a la virtud — que en principio sólo se aplicaba a los medios para conseguir aquellos fines devaluados por estar determinados por fantasmas (¿no serán los mismos que nos acosan sin que sepamos por qué y que el psicoanálisis sugiere atravesar, que marcan nuestra específica realidad que sin la solución aristotélica deambula licuada y sin destino?) — como el paso inicial y ciego (nadie puede asegurar ningún resultado por su puesta en práctica) que restituye los contornos de lo que parecía irremediablemente perdido y que ahora muestra su sesgo social y compartido construido, como está independientemente por cada uno de nosotros a partir del «cuidado de sí» que nos lleva, una vez más por un giro inesperado, a lo que Sócrates nos mostró en su viaje y que (seguramente por buenas razones) nos cuesta tanto ver.