Lo que se escurre en las palabras

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Lo que se escurre en las palabras

«Para una persona con amor sería una gran alegría poder lograr muchas grandes hazañas, ya sea manteniendo vigilias, ayunando, realizando otras prácticas ascéticas o haciendo trabajos importantes, difíciles o inusuales. Para ellos esto es una gran alegría, apoyoy fuente de esperanza para que sus obras se conviertan en sosten y fundamenten donde ellos puedan descansar. Pero esto es precisamente lo que nuestro Señor desea to­mar de ellos para que solo él sea su ayuda y apoyo.»… «…practicar la virtud sin motivo ulterior, incluso de una gran y buena causa, de modo que el acto virtuoso de hecho ocurre espontáneamente debido al amor de la vir­tud y sin preguntar» ¿ para qué»…”Entonces y solo enton­ces tenemos la posesión perfecta de la virtud.» (De «Selected Writings,» por Meister Eckhart)

Parecería que la ética kantiana, en su complejidad, actuara como un imán en diferentes intentos a lo lar­go de la historia, quizá por el estupor que produce el pensar acciones desprovistas de finalidad (¿pero no hay finalidad en apostar a la» verdadera» virtud?) como las únicas capaces de despegarse de un curso natural (en el siglo XIV, ni Kant ni Darwin habían he­cho su aparición, aunque siempre podemos pensar en ciertas retroactividades o preparaciones del espíritu) que exige el principio de razón suficiente hacia atrás y su contrapartida predictiva hacia adelante, estimu­lando la idea de elevarse en la búsqueda de liber­tad – y aquí surge una nueva controversia, si pensamos en cualquier sistematización de la ética, que paradójicamente solo reemplazaría unas cadenas por otras, en contraposición de una ética impredecible fino es el Abraham de Kierkegaard un ejemplo perfec­to de ello?) -, quedándonos como resto, una vez aboli­das todas las propuestas fundadas en sus consecuencias, el remanente – no es esta la razón de la existencia de filo­sofías y literaturas «menores», por fuera del canon estable­cido?) de una ética vacía, nacida de un yo deshabi­tado y ausente, indispensable para percibir al mun­do de una manera inédita e inexplicable, aunque sin embargo requiere de una promesa absurda – ¿cómo puede prometerse algo a lo que no existe? – dando garantía de la» verdadera» virtud, generando de un golpe lo mismo que hace solo unos instantes habíamos derogado, dando testimonio de la invero­símil tarea de eliminar por improcedente el aborda­je que nos contradice, retomando un «Fort-Da» que nos acompaña desde que hacemos nuestra entrada a la vida y que por definición está destinada a escurrirse entre nuestras palabras.