

Los charlatanes
»Un autor que no hace alarde de completitud, debe también, en gran medida, abandonar todo intento de arreglo sistemático. Por su doble pérdida en este respecto, el lector puede consolarse reflexionando que un tratamiento completo y sistemático de un tema tal como la guía de la vida, podría apenas fallar en ser un negocio muy aburrido.» … «El charlatán toma formas muy diferentes según las circunstancias; pero en el fondo es un hombre al que no le importa nada el conocimiento por sí mismo y solo se esfuerza por obtener la apariencia de ello que él puede usar para sus propios fines personales, que siempre son egoístas y materiales.» (De «Works of Arthur Schopenhauer», por Schopenhauer)
La resignación a lo no-completo y al abordaje sistemático son la doble pérdida a la que Schopenhauer se siente condenado — es evidente que está hablando de él mismo —, apelando a la complicidad del lector (¿también aquí habla de sí mismo, en un repentino convertirse en otro?) ante la amenaza de un aparente inofensivo aburrimiento pero que en realidad esconde algo más dramático por la aporía a la que nos arroja, porque no es solo el aburrimiento el que nos impide la completitud del sistema — y esto dicho por fuera del sofisticado teorema de la incompletitud de Gödel — sino nuestra incapacidad de sostener variables a lo largo de un complejo entramado de teoremas —dejamos la discusión de la validez de los axiomas también aparte —, que nos empujan sin remedio a filosofar con proverbios y nos posicionan en la frontera (¿o ya dentro?) de la categoría tan odiada por Platón, la de los sofistas — y está claro que es la que merecemos los que no vamos en busca de la Verdad —, con el problema adicional de caer en la charlatanería (¿no es Freud aún hoy catalogado en este género?, ¿y no fue Hegel uno de los primeros en sufrirlo? —y no es casual que se nos presenten ambos nombres al mismo tiempo—) lugar del que desesperadamente queremos salir imposibilitados, como estamos, de ir en contra de nuestro cableado que exige, aún sabiéndolo imposible, que demos cuenta con razones suficientes, de cada frase que siempre se tambaleará ante nuestra mirada entre el terror y el goce de ser y no ser.