Los espectros de Sócrates

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Los espectros de Sócrates

«Bienvenido, Aristodemus, dijo Agathon, tan pronto como apareció – estás justo a tiempo para cenar con nosotros; si tienes cualquier otro asunto, posponlo, y seas uno de nosotros, ya que te estaba buscando ayer y tenía la intención de preguntarte, si te hubie­ra encontrado. Pero, ¿que has hecho con Sócrates? Me di vuelta, pero Sócrates no estaba en ningún lado; y tuve que explicarle que había estado conmigo un momento antes y que vine por su invitación a la cena. Estabas bastante en lo cierto al venir, dijo Agathón, pero ¿dónde está él? Estaba detrás de mí cuando entré, dijo y puede saber en lo que ha sido de él.»…» Qué extraño, dijo Agathon; entonces debes llamarlo otra vez, y seguir llamándolo.»…» Sócrates: porque me habrías llenado con un flujo de sabiduría abundante y justo; mientras que el mío es de un tipo muy malo y cuestionable, no mejor que un sueño.» (Del «Simposio», de Platón)

En la dicotomía que encontramos cada vez que nos demoramos en algo, advertimos que el sueño presenta su costado pretendidamente adivinatorio, ofreciendo su capacidad premonitoria a quien sea capaz de hablar su mismo lenguaje y otro, quizas históricamente más molesto (probablemente por su inutilidad puesta de manifiesto en su ineptitud para ningún fin), que consiste en la mera conca­tenación de imágenes o en infinitas evocaciones (como se ve, en algún punto, metonimia y metá­fora son equivalentes), aspectos ambos que podríamos epitomizar en Jung y Freud (los nom­bres propios son siempre arbitrarios – les toca en suerte representar ideas con las que jugamos), razón también de su pelea excesiva de marcos teó­ricos, toda vez que en uno de los polos se concen­tra nuestra avidez del control del futuro (no im­porta si suponemos eficacia en fórmulas mate­máticas o en ritos esotéricos) y en el otro encon­tramos esterilidad manifiesta (no es casual que Freud se negara a hablar de» cura», delegando a una cadena interminable la aparición de lo «unheimlich»), lo que nos lleva a la escena en donde Sócrates está y no está al mismo tiempo, desapareciendo en el mismo momento en que queremos estar seguros de su presencia, saliendo de las som­bras solo para acentuar la ironía del saber de su auditorio, relegando su erudición al terreno de los sueños que parecen ser más que una metáfora, mostrando, siempre lateralmente a lo serio, su carac­ter fantasmal, único capaz de generar los espectros que iluminan por momentos el universo.