Los imperios ciegos

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Los imperios ciegos

«Una sociedad estructurada con un alto grado de complejidad en general será deficiente en valor de supervivencia. En otras palabras, tales socieda­des en general serán «especializadas», en el sentido de requerir un tipo de entorno muy especial.»…»Por lo tan­to, el problema para la naturaleza es la producción de sociedades que están «estructuradas» con una alta «comple­jidad» y que al mismo tiempo son «no especializadas.»…»Sociedades de varios tipos de complejidad: cristales, rocas, planetas y soles. Tales cuerpos son fácilmente la más duradera de las sociedades estructuradas que conoce­mos, capaces de ser rastreadas a través de sus histo­rias de vida individuales.»…»La segunda forma de resolver el problema es mediante una iniciativa en las aprehensiones conceptuales, es decir, en el apetito.»…»Las sociedades estructuradas en las que el 2º modo de solución tiene importancia se denominan vivientes.» (De “Process and Reality”, por A. Whitehead)

Deberíamos detenernos a pensar en la razón por la que, después de Darwin, seguimos pensando en adjudicarle un propósito a la naturaleza (es justo decir también que los laboratorios no pueden repro­ducir su hipótesis -¿ pero hay alguna teoría que pretenda universalidad que pueda ser probada en los laboratorios sin cerrar celosamente la cone­xión con el afuera?), sino se tratara de un primer axioma que tiende siempre a derretirse al calor del desenmascaramiento del dominio pretendido, aunque otro aspecto de la cuestión marque que la diferencia entre los cristales y nuestra consciencia no es más que un asunto de grado, sendero explorado por los que le otorgan a la inteligencia artificial un futu­ro consciente, asumiendo que el avance trabajoso de los algoritmos simples, son capaces, capa sobre ca­pa, de imitar lo que la naturaleza hace, desde las combinaciones básicas de la sopa inicial a la com­plejidad sobreviniente de manto sobre manto sobre manto de nuestros cerebros, en una continuidad pura con el polvo de estrellas, demitificando todo po­sible intersticio en el que algo de un orden diferen­te pudiera anidar – esos espacios vacíos en donde Whitehead cree ver la vida, que desaloja de la ma­teria, cualquier cosa que esta sea, enmarcando en contra de su deseo, una discontinuidad que hace peligrar a su proceso, que sigue necesitando de Dios como les sucede a los mismos filósofos que critica – y quizá entrevemos que en lugar de buscar jerarquías que soporten sistemas, nos queda la opción de ver la inesperada creatividad en los dibujos ciegos en la arena y en los imperios que ridículamente parecen ser resultados de voluntades.