Los sillones

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Los sillones

«El remedio, entonces, no se deriva de la naturaleza sino del artificio, o más propiamente hablando, La naturaleza provee un remedio en el juicio y el entendimiento, para lo que es irregular e incómodo en las afecciones.”…”cuando ellos han observado que el principal disturbio en la sociedad surge de esos bienes que llamamos externos y de su fluidez y fácil transición de una persona a otra. Esto solo se puede lograr mediante una convención acordada por todos los miembros de la sociedad para otorgar estabilidad a la posesión de esos bienes externos. Ni es tal restricción contraria a estas pasiones, pues de ser así nunca podría ser establecida ni mantenida, sino que es solo contraria a su movimiento imprudente e impetuoso.» (De “A Treatise of Human Nature” por D. Hume)

«Sucede que en el curso de la evolución individual, una parte de las potencias inhibidoras del mundo exterior es internalizada, formándose en el yo una instancia que se enfrenta con el resto y que adopta una actitud observadora crítica y prohibitiva. A esta nueva instancia la llamamos superyo.» (De “Moises…”, por S. Freud)

«Para ver una cosa hay que comprenderla. El sillón presupone el cuerpo humano, sus articulaciones y partes; las tijeras, el acto de cortar.» (De “Hay más cosas”, por Borges)

El título de las películas no deja de ser importante, aún cuando en algún caso, algún latiguillo insistente desvíe la atención, como en el caso de Mistery Train (película de Jim Jarmusch) en donde la frase “lost in space” (perdidos en el espacio) adquiere una especial magnitud en el recorrido de Mitsuko —fascinada por Elvis que descubre hasta en las estatuas griegas— y Jun en Memphis, encapsulados en una burbuja de tiempo junto a Luisa y Dee-Dee y Johnny y Charlie, todos ligados por el arbitrario sonido de la radio a las 2:57 am, el pasaje de un tren y el sonido de un disparo, que los convoca en horizontal, renegando de toda profundidad y adjudicando a sus acciones motivos en superficie – encuentros fortuitos en la puerta del hotel, complicidad en asesinatos inesperados y malentendidos del lenguaje –, revelando sus perfiles en escenarios ascéticos que detestan las exégesis, empujando a la convicción de que no hay nada que decodificar, quizás en la certeza del circuito vicioso y sin fin de los análisis, casi como una navaja de Ockham que prefiere la simpleza al alambique, procedimiento seguido por Hume cuando prefiere detectar una sola naturaleza sin conflictos — la naturaleza, que exige una posesión desbocada, trae su propio remedio en el juicio y el entendimiento, que ahora demuestran su valor indicando a las pasiones las convenciones como la mejor forma de conseguir sus objetivos—, opuesto a la complejidad que ofrece Freud, que se ramifica inevitablemente en más y más compartimentos en profundidad, consecuencia de la contienda que debe mantener a raya pulsiones, asignando a homúnculos espejados de prohibiciones externas la tarea de obturar el paso de una naturaleza torrencial que no admite barreras, aunque al fin y al cabo Hume y Freud, como cualquier otro, están encarcelados detrás de lo que les fue dado percibir, barrotes que son los que, en definitiva, les permiten ver sillones.